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Estampas de Panamá


Dedicado a Bella.

Tierra prodigiosa de múltiples contrastes. La casa grande. La casa de nuestra casa. La de la familia de nuestros hijos, nietos, biznietos. Tierra de corazón grandísimo y candor de niño, que acoge a perseguidos y pecadores, a los buenos y a los malos. Fusión de razas, de música, danzas, de inmigrantes llegados de lejos para sembrar cultura y progreso. De la saloma que resuena el lamento del berebere. Tierra donde una democracia desfigurada nos permite sin embargo convivir, de gente pacífica y rebelde, engañada en su buena fe, de líderes emergentes con cerebro chico y estómago grande. De pueblo abusado y despojado de sus riquezas. Tierra de acordeones, violines, caja y tambor; de cumbia, tamborito y mejorana, de carnavales sui géneris, carrozas, Calle Arriba Calle Abajo, de la pollera que impone su belleza esplendorosa en todo el mundo. De creyentes del Cristo de Esquipulas, del Negro, Don Bosco, San Judas Tadeo.

Tierra rica empobrecida. Feliz en sus calamidades. De hombres vigorosos que podrían producir riqueza, vendiendo baratijas en las calles. Patria que acepta como pruebas de amor el bullicio y los espectáculos deslumbrantes de los desfiles. País piñata donde los candidatos castos se prostituyen cuando toman el poder. Pueblo festivo más apto para consumir y gozar que para producir. Tierra del águila arpía, el quetzal, la guacamaya, la rana dorada, la flor del espíritu santo, el majestuoso Volcán Barú. País que tuvo dos emancipaciones y una criatura de extraña cultura en su vientre durante 97 años, para bien y para mal; una potencia extranjera que creyó suyo un territorio alquilado. País que tiene en su historia un odiado aventurero sin cuya astucia no hubiera habido canal. Philippe Bunau Varilla. Y a Omar Torrijos Herrera, que hizo realidad de Panamá el canal. Tierra de escándalos cotidianos, de pícaros disfrazados de personas decentes, del robo legalizado, banquete de piratas ingleses y no ingleses, de ciudades acuáticas, de tranques vehiculares normales, de un guerrillero justo llamado Eladio. Los ricos no cierran calles.

Departamento maltratado de la pequeña Colombia que cree poder seguir haciéndolo; de sitios imborrables, el parque de Santa Ana tribuna de efervescencias políticas, de El Chorrillo sin chorro, cuna de Roberto Durán, de parlamentos de parlanchines, de un instituto de águilas donde las que vuelan son las piedras. País de ilustres estadistas, de mártires, de glorias de las artes, las letras, los deportes, que terminan en estatuas defecadas de pájaros. Tierra que a pesar de sus desventuras es el mejor lugar del mundo para vivir. País cuya principal riqueza no es el canal, ni el centro bancario, ni el mercantilismo sino su pueblo que espera que la escuela hoy muerta resucite para alcanzar el bienestar que merece como Nación privilegiada.