Estar solo en la vejez
El que ha encontrado el verdadero sentido de la vida desea de corazón que cada uno de sus semejantes se ahorre los muchos caminos erróneos y los callejones sin salida que sólo traen sufrimiento, desengaños, disgustos y hastío. Muchos buscan la seguridad en la pareja y en la familia, allí uno espera sentirse “bien acogido”, haber alcanzado un puerto seguro en el que es posible encontrar plenitud, hogar y cobijo.
Muchos padres ponen sus esperanzas en sus hijos, a los cuales guían y conducen con rectitud. Sin embargo, la felicidad y la seguridad que se basan en personas o en cosas externas no son duraderas ni consistentes.
De pronto la persona reconoce que la pareja no es aquello que se esperaba. La felicidad basada en la familia empieza a tambalearse; el miedo a quedarse solo se apodera del ánimo. Los niños se han hecho adultos y siguen sus propios caminos.
La mayoría buscan en otros aquello que ellos no tienen. Proyectan sus deseos en unos cuantos aspectos que el otro parece poseer y creen que con esta persona que representa la imagen de sus deseos, podrán sentirse “bien protegidos”. Si después de un tiempo el ser humano tiene que reconocer que con lo que quiere y con sus deseos no se siente contenido por esa persona, entonces se cansa de ella.
¿Es el destino o es una necesidad absoluta el hecho de que cuando seamos mayores estemos solos? Quizás la pareja se ha orientado en otra dirección, o tal vez ya no se tiene mucho que decir al otro, o puede que uno haya fallecido. Sea como sea: uno está solo. La breve felicidad se disolvió y de querer sentirse pleno y seguro ya no se habla. Tú sólo puedes ser feliz y libre si vives de manera que le vaya bien a todos. Por eso, la gran meta de nuestra vida podría resumirse, entre otras, con las siguientes palabras: Yo soy feliz cuando a mi prójimo le va mejor a que a mí mismo. Si esa afirmación se realiza, entonces haremos todo lo que nos sea posible para que les vaya bien a todos los seres vivos.
Maximiliano Corradi
Colaborador
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