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ETA, ¿el fin?


De ser cierta la declaración, un “alto al fuego, permanente y verificable” por parte de ETA sería la mejor noticia de año nuevo para España y para el mundo. Tras casi medio siglo de atentados, crímenes y secuestros, dos factores parecen haber convencido a los etarras de lo desfasado de sus métodos de lucha: un contexto internacional cada vez más favorable a la paz y a la solución pacífica de los conflictos, y la tenaz e inflexible batalla del gobierno español contra las acciones de ETA y en las que ha contado con el respaldo efectivo de Francia. Pero un argumento más contundente aflora como disuasivo del accionar etarra: el rechazo activo e inquebrantable de una sociedad española asqueada de ser rehén de quienes parecían convencidos de que apunta de bombazos y asesinatos podían alcanzar objetivos políticos que no lograban por la vía pacífica. En España ha sido la paz la que ha derrotado a la guerra, el civismo activo a una violencia injustificable, que las distintas administraciones de las últimas décadas supieron combatir, interpretando y defendiendo el mayoritario sentir en la península. Pero la decisión de ETA, política en toda su extensión, no debe suponer impunidades, ni confianza ciega en su palabra, porque a veces este tipo de manifestaciones puede tener una lectura para unos, y otra para quienes podrían estarla concibiendo como un repliegue estratégico que le permita recuperarse y volver a las andadas. El terrorismo en España no debe recuperarse.