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Ética: el ser de la cultura política en Panamá


Luis M. Guerra Pérez (opinion@epasa.com) / Estudiante de Filosofía.

Cuando escucho cultura política viene a mi mente el ensayo del seminario Ética en la política, realizado con los auspicios de la Usma y de la Fundación Panameña de Ética, con la presencia del expresidente Sanguinetti y agentes del Tribunal Electoral mexicano. Al concluir dicho foro acotaron: “Creemos que Panamá tiene la arcilla para ser un país de decencia ética”. El criterio de la ética comienza con mis deberes antes que mis derechos, la ética aunque para muchos es un concepto abstracto, que no puedo saber qué es en si o aplicar, se reduce a un acto eminentemente pragmático, reducido a una norma de conciencia, ya que es el campo donde el hombre intrínsecamente está en lucha entre el bien y el mal.

El fenómeno de los grandes pensadores y humanistas se direcciona a la práctica de la virtud hecha tangible, ¿por qué tienen auge hasta nuestros días, por ejemplo Gandhi, Martin Luther King, Mandela? Porque sus vidas avalan sus teorías, y eso es lo que nos llama a una revisión de nuestra conducta, ya que se posee un buen discurso, pero la vida pública no avala dichos conceptos éticos.

La sociedad actual se caracteriza por una vorágine de individualismo e indiferencia hacia el otro, a costa de pisar al semejante, y llegan a mi mente las palabras del pensador Víctor Hugo, que le dice a sus discípulos después de la pregunta: ¿Maestro, cómo acabamos con la corrupción? Y él respondió: hagan ustedes escuelas, y Gandhi decía a su vez: “Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo”. Si unimos estos pensamientos, nos damos cuenta de que en la sociedad se han perdido valores, valores que internaliza el ser humano para poder llevar a la gestión pública o a la vida pública esa ética que debe estar dentro, ya que no se puede dar lo que no se tiene.

El ensayo Ética para corruptos, de Oscar Diego Bautista, se enfoca en cómo prevenir la corrupción en los gobiernos, y ahonda en dos vertientes el tema ético que se refiere a que antes de una ética pública miremos al ser humano. Por ejemplo, si se tiene un cargo público, se debe llevar a esa gestión de cargo y al ejercicio de esa vida pública los valores que se tienen en la persona y cómo se administran estos valores en el individuo; si se es irreflexivo, impulsivo en decisiones, si se es materialista y a su vez relativista, que todo lo justifica; además usando las reglas del fracaso: hacer siempre lo que me conviene, hacer lo que sea para ganar y justificarlo todo, así mismo se reflejarán esos comportamientos en la vida pública del agente.

Estos elementos y costumbres son el resultado de una internalización del individuo en su proceso de socialización.

“Vemos, pues que el ser humano cada día se debate entre el sí y el no, entre la izquierda y la derecha, entre el bien y el mal al momento de actuar”. Un servidor público presenta esa disyuntiva, pero lo más importante es si cuenta con las herramientas necesarias para hacer una buena gestión, sin pensar en el trabajo que desempeña qué yo me gano aquí, en qué me beneficio aquí y la típica frase: “Qué hay pa’ mí”. De esta realidad se genera una cuestión y es específicamente: ¿Qué ciudadanía se está formando?

Es necesaria la educación cívica y moral en las escuelas, sobre todo en valores humanos y democráticos, así como la educación de la conciencia, no reduciéndolas por un espacio ultracientificista que disminuya la calidad de personas y de la sociedad.

Estudiante de Filosofía.

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Viernes 14 de agosto de 2026