Evocaciones respecto a 1989
Sacerdote de la Iglesia católica
Tras veinticinco años de finalizar la dictadura militar, vienen a mi mente algunas consideraciones. Mientras mis coetáneos se divertían hablando de las gorras, los sweaters, las banderolas, las calcomanías y demás chucherías que obtenían en las diversas concentraciones políticas preelectorales en 1984, mi madre me conversaba de todo lo que había significado para la nación el golpe de Estado de 1968, que folclóricamente denominaban “proceso revolucionario”. Pocos advertían en ese entonces la hecatombe que se avecinaba.
El Gobierno de los Estados Unidos, que había jugado un papel pasivo en el origen de la dictadura, condecoraba al general de turno. Luego del fraude electoral de 1984, la comunidad internacional guardó indiferencia.
Es a partir de junio de 1987 cuando a varios se les quitan las briznas de los ojos para despertar. Ahora los estadounidenses tildan de dictador al general Manuel A. Noriega: pero este en solitario no hubiese podido dominar Panamá. Sin Torrijos no hubiese existido un Noriega; sin militares y civiles aupándolo, este último no hubiera logrado enquistarse en el poder.
Después del desproporcionado uso de las armas, en diciembre de 1989, son desmanteladas las Fuerzas de Defensa y comienza la acusación al depuesto general, como si fuese el único culpable de los veintiún años de arbitrariedades en el Istmo.
El objetivo del Gobierno de los Estados Unidos era apresar al tirano panameño, pero hubo muchos que murieron sin tener que ver con ese cruce de intereses hegemónicos.
Muchos de los que se denominaban civilistas no solo se oponían al general, sino que clamaban por libertades, incluyendo la elemental libertad de expresión.
Hoy, una gran cantidad de esos civilistas usan un eufemismo para aliarse al mismo grupo político que surgió de las inteligencias del cuartel central de la avenida A, con tal de sostenerse en el poder; ahora utilizan el término “gobernabilidad”.
Si las elecciones de 1984 hubiesen sido respetadas, no hubiese acontecido el cuadro de mortandad posterior, pero el PRD había sido fundado por los militares, con Omar Torrijos a la cabeza, en un tiempo en que los otros partidos habían sido anulados. Ahora, el panameñismo y el PRD, con muchos de esos personajes que burlaron la voluntad popular, nos dicen que van a garantizar la institucionalidad en Panamá.
Después de veinticinco años, constato que los yerros humanos son los mismos y tienden a acentuarse; solo cambian algunos protagonistas y las circunstancias.
Ayer, los medios de comunicación eran sofocados por los militares. Hoy, esos mismos, aún más las cadenas de televisoras, se toman el derecho de decir quién es corrupto en el Istmo, antes de que los juzgados dictaminen. Pero ellos jamás son corruptos con las programaciones que les regalan a los menores, saturadas de lenguaje soez, sensualidad desordenada, violencia, antivalores familiares; se gozan de proyectar espectáculos como las series y telenovelas procedentes de sociedades tan caóticas como las de Estados Unidos, Colombia y México.
Seguimos teniendo el circo de autoridades que convocan a aspirantes a cargos tan sensitivos como contralor, procurador o magistrado de la Corte Suprema de Justicia, pero ya se sabe de antemano cuál amigo del presidente de turno y de los dueños de las televisoras va a ser seleccionado.
Entre nuestros actuales gobernantes hay quienes ayer salían a protestar contra Noriega y el PRD, su brazo político.
Entre los que gobiernan hay figuras que hace unos meses aparecían en las entrevistas con temor a la inconstitucionalidad, ahora, “todo está muy bien”.
La promoción y sustentación de valores fundamentales continúan siendo una materia olvidada en el Aula de la Patria.
Jesús de Nazaret destacaba entre los maestros de su época por la coherencia en su estilo de vida; los primeros cristianos, perseguidos por el imperio romano, también aplicarán esa impronta que les va a ganar seguidores, sin contar con campañas proselitistas.
Luego de cinco lustros nos falta coherencia, honorabilidad; nos falta amor a la nacionalidad para crear proyectos de Estado que no sean vulnerables a la politiquería reinante.
¿Cómo clamar por la nacionalidad si ni siquiera se respeta la fecha más importante de nuestra historia, el 28 de noviembre?
Los panameños que eran menores de edad antes de las elecciones de 1968 y que fallecieron antes de mayo de 1984 nunca lograron ejercer su derecho al sufragio, fueron la generación sin voto.
Los panameños que murieron por los desmanes de la tiranía militar tenían más sentido de patria, al igual que algunos que fueron injustamente vejados en la llamada invasión de 1989.
Doy gracias a Dios y a mi madre por los principios que hoy calibro, a pesar de mis debilidades, respecto a la patria y a la contribución que Panamá espera de mí, sin haber estampado mi firma en un libro de partido político.
Si a los diecisiete años fui a las aceras a gritar por mejores días para mi país, hoy, después de veinticinco años, prosigo con la labor, por convicción, desde el ministerio que el Señor me concede.
¡Que viva la República de Panamá!