Existencias con carencias
La pobreza es una catástrofe semejante al desolador ciclón que se extiende con ímpetu descomedido por las extendidas llanuras de los continentes de la Tierra, ocasionando penurias y dolores. Panamá, concentra en su aspecto físico la forma de una ese acostada, por donde discurren las aguas del Canal, confrontando en términos relevantes a esta situación difícil de erradicar. Arribo con exquisito interés el trato mesurado de su pueblo, motivado por la eterna alegría venida a complementar las complacientes notas de festejos inolvidables.
Hoy me debo al concerniente análisis exponiendo el trato cuidadoso de los números, ceñido en la certidumbre de las matemáticas, delineando el engorroso problema de profundo interés social, la pobreza, donde rondan el medio millón de personas, que viven limitados por los parámetros de esta deshonrosa situación. El 20% los clasifica la extrema, donde cuatro de cada diez panameños denuncian el total abandono, haciendo un grueso porcentaje implicando 36.8 % en todo el territorio nacional.
Es imposible que nos preocupemos por rayar el terreno de la igualdad si estamos expuestos al tambaleante escenario donde importuna el vil metal. Es el sigilo el que debe aconsejar los genuinos pasos espetados por el hombre nativo en los diversos parajes, evitando caer en los estrepitosos acantilados del engaño que ocupan un grande espacio en la existencia habitual del ser, donde las divergencias individuales establecidas por no sé quién, insisten en las insidiosas desigualdades engorrosas de soportar.
Un ejemplo dignificante lo que podemos trasladar al lugar de la exposición conceptual, donde los negocios operan como productos en piñatas, donde los interesados hurgan para explorar un precioso tesoro. Es posible que el cultivo de una buena educación nos eleve al periodo floreciente donde reina la igualdad providencial. Ya el bolsillo está roto, ha perdido la vitalidad que lo hacía hermoso, pues no logra cubrir los gastos cotidianos, donde los altos precios lo mantienen amortajado.
Es prudente que el Gobierno abra fuentes de trabajo invitando al pobre a trabajar con responsabilidad. Mis padres me enseñaron reglas donde la lección dictada respondía cuidadosamente a conservar la conducta acrisolada. Como buen educador compartí partes de mis conocimientos en el campo, pues no tuve influencias como otros para empezar en la capital y fue allí, donde pude constatar que ser miserable es el delito que se purga durante toda la vida y aunque perseveré detrás del cambio donde osé alcanzar ciertos objetivos, comprobé que los malos hábitos me habían impuesto el mito como rutina y así, el fracaso rondaba discretamente con astucia.
Toda una gama de consejos confiscaron mis labios fortificados, abarrotados de ilusiones atractivas dominadas por el encuentro con lo imposible. El sacrificio es el preludio ineludible de la vida en el campo, donde la alimentación está plagada de castigos cruciales, ya que el comer bien se abraza con el misterio, intentando cerrar las brechas odiosas, pero las energías se desprenden por el suelo en total agotamiento y perenne desilusión. Concibo que nada de lo que existe en el campo es bueno, todo lo cobija estrepitosamente la irreducible restricción. Cuando niño le recomendaba a mi padre borrar el estigma de la discriminación en un grupo minúsculo de empleados que tenía, no me era simpático establecer discrepancias entre ellos y nosotros y, en cuanto al consumo de nutrientes, fueran iguales a los nuestros y que lo efectuaran primero que yo, porque dicho mal merece respeto. Siempre he respetado el derecho a la dignidad del hombre, como una presea insustituible. Si todos profesáramos dicha conducta el mundo nos sorprendería experimentando una vuelta radical de 360 grados.
La pobreza existe por el antagonismo que mueve el interior del pensamiento humano, extendido por la mala fe del individuo irracional. No puedo comprender que un siglo que marca el prodigioso esplendor de la tecnología moderna haya comunidades consumiendo alimentos contaminados, agua de pozos superficiales y viviendas ayunas de protección; esto de ninguna manera nos puede abrir el periplo hacia la prosperidad respirando el pleno desarrollo.
Ser diáfano de espíritu implica la elegancia del hombre digno, abrigado a una estructura racional, analizando con orden el venturoso porvenir. En la existencia tenemos que bregar extendiéndole el rol a nuestra inteligencia, donde la edad no produce escarnio ninguno.
La pobreza implica el comportamiento del individuo poco después de consolidarse en la caverna, donde recibió el saludo de un rayo de luz tembloroso en aviso veloz que se había asomado por una hendija, la cabeza esclavizada de la posteridad.