F. A. Hayek y la fatal falla del mercado
Friedrich August Hayek, el indiscutible sumo sacerdote de la doctrina neoliberal, sostiene en su libro “La Fatal Arrogancia” que el actual sistema económico espontáneo característico del mercado, que surgió de un proceso evolutivo no planificado, es el que mejor corresponde al bienestar de los seres humanos. De acuerdo con este autor, no solo sería cierto que dicho sistema tiene la capacidad de sostener más vida humana que cualquier sistema previo o alternativo diseñado e implantado conscientemente, sino que intentar cambiarlo por razones éticas vinculadas con el concepto de justicia social, concepto que considera incoherente, “implicaría la desaparición de gran parte de la población y la pauperización del resto”.
Al igual que Friedman, Hayek mantiene que el elemento básico que asegura que la supuesta superioridad del sistema de mercado se basa en su capacidad de asegurar, de manera espontánea, una utilización óptima de la información dispersa en la economía. Es en este sentido que argumenta que “la humanidad se ve en la ineludible necesidad de mantenerse fiel al sistema capitalista por su superior eficacia en el aprovechamiento del cúmulo de información dispersa”. En nuestra compleja realidad existe, sin embargo, una importante información que al sistema, con toda la complejidad de sus mecanismos de mercado, no parece interesarle, que no se toma seriamente en cuenta y frente a la cual los sectores dominantes mantienen una posición de negación.
En términos del medioambiente existe una significativa masa de información sobre el fenómeno del calentamiento global. De acuerdo con estadísticas presentadas por Martin Wolf, columnista del Financial Times, el análisis vía la revisión por pares de 11.944 artículos científicos, concluyó que el 98.4% de los autores adoptó la posición de que el calentamiento global es un fenómeno antropogénico, es decir, producto de la acción humana, mientras que apenas 1.2% rechazó esta afirmación y un 0.4% se declaró en condiciones de incertidumbre. Se trata de un resultado relacionado con los conocimientos científicos existentes, así como con el hecho de que actualmente cerca del 30% del CO2 contenido en la atmósfera se debe directamente a las actividades humanas.
El mercado parece estar haciendo poco por convertir esta vital información en una acción social efectiva. Hace apenas algunas semanas se reportó que, por primera vez en 4.5 millones de años, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera alcanzó a 400 partículas por millón. Esto, sobre todo teniendo en cuenta que esta suma se eleva anualmente en cerca de 2 partículas por millón, nos acerca al umbral de 450 partículas por millón, a partir del cual la temperatura terrestre se elevará 2 grados centígrados por sobre el nivel previo a la Revolución Industrial, dando lugar a notables efectos de retroalimentación capaces de generar un caos climático.
Se trata, desde luego, de fenómenos que ponen en riesgo de pauperización y hasta de desaparición a la humanidad. Algunos ejemplos pueden ilustrar este peligro. Es así que un incremento de la temperatura como el que aquí se comenta sería capaz de fundir una porción significante de los hielos terrestres, incluyendo la capa de hielo de Groenlandia. Ello ocurriría gracias a los efectos de retroalimentación, entre los que se incluye la liberación de metano proveniente de la descongelación del suelo y el lecho marino del Ártico. El resultado sería la significativa elevación del nivel del mar con el consiguiente impacto negativo sobre los territorios insulares y costeros. Por otra parte, estaríamos en la presencia de eventos meteorológicos extremos, así como frente a la desaparición del 50% de las especies, es decir, de animales y plantas existentes. Así mismo, de acuerdo con investigaciones recientes, cada grado centígrado de aumento en la temperatura terrestre disminuirían los rendimientos del trigo, el maíz y el arroz en 10%.
En estas condiciones, que evidencian una enorme falla de mercado, el reclamo de Hayek de que el mismo resulta ser un mecanismo prácticamente omnipresente, capaz de difundir eficazmente la información relevante y de estimular una actuación individual consistente con los intereses de la humanidad, parece inapropiado, carente de realidad y hasta grotesco. Peor aún, muestra el carácter puramente apologético del pensamiento neoliberal.
Si nos deshacemos del mito neoliberal, las cosas quedan claras. En el fondo del problema está un sistema guiado exclusivamente por el lucro creciente, que necesita expandirse incesantemente y que para lograrlo está violando los límites biofísicos y éticos que aseguran la subsistencia de la vida. La construcción de una civilización basada en el respeto a la naturaleza y la justicia social es, entonces, el imperativo de nuestra época.