Fábula alrededor de un tanque séptico
Èrase un reino de toros, comadrejas, sapos, tortugas, zorros, chimpancés y bonobos. Eran tan animales que formaron partidos políticos; la mayoría civil era la especie pendejiovejas-webincorderos que solo se quejaban y comían lo que le dieran. Vivían juntos mordiéndose, arañándose y haciéndose el daño que pudiesen. Cada cierto tiempo elegían un rey. Quien decidía era la especie mayoritaria, hasta que apareció una banda de chimpancés con rey propio que impuso a los demás.
Este rey, con bocio exoftálmico, le gustaba comer torrejitas, fumar puros y permanentemente estaba enguarapado. Como veía que sus asistentes excretaban por cualquier lado, instaló un inodoro en el palacio para él y sus íntimos, que ahí se sentaban por horas. Las evacuaciones le saltaban a las pendejiovejas-webincorderos, que protestaban, hasta que el rey construyó su legado, un tanque séptico en el centro del palacio, allí paraba desde entonces el excremento. Sirvió para las reuniones de gabinete.
Una vez, uno de los asistentes del rey Ojón I, le regaló un puro que al rato le explotó y se lo llevó en pedacitos a otro lado. Al rey le sucedieron dos asistentes que no duraron.
El siguiente sucesor - fue quien regaló el puro - era un bonobo, o chimpancé pigmeo, de la especie carepiña, que manejaba un machete y se atrevió a desafiar a unos gorilas, de una región cercana, a una lucha cuerpo a cuerpo, cuyo rey le dio una cachetada y lo mandó a limpiar el tanque el resto de su vida. Los ministros habían escapado antes. De vez en cuando salen a opinar de inodoros.
Después de la cachetada, las pendejiovejas-webincorderos, eligieron a un sapo caníbal que dijo tragaba sapos. Incoloro e insípido, usó el inodoro. Decepcionados eligieron un toro que de inmediato se sentó en el inodoro, y ademas, pintó con pintura invisible su obra, el puente Vai Ven. Otra decepción. Al toro le sucedió una comadreja complaciente, cuya contribución fue tener ahijados, comadres y compadres. Todos usaban el inodoro. Congelaban el dinero para que no fluctuase su valor. Legó una escultura de bronce de niños corriendo y jugando al escondido, tanto que todavía no aparecen.
Le siguió el hijo del chimpancé, llamado el peque II, un bonobo mental. Tuvo la ayuda de una constructora benéfica que vio el tanque séptico chico y recomendó construir uno mayor, con la condición de no abrir la tapa porque era el secreto del éxito. Recomendó un inodoro más grande de oro, al que el rey dio su permiso. Le decían el bonobo que pasea porque daba vueltas alrededor del tanque. Además era sastre, siempre tomaba medidas. Le gustaban las comisiones. Su gestión fue nombrar comisiones. Le llamaron comisionista.
Lo sucedió un zorro plateado, que hizo cosas costosas y aún no se le puede pillar cómo lo hizo porque nadie ha descubierto donde descargaba. Sus ministriles se peleaban para estar sentados en el inodoro.
Y llegó el reinado de la tortuga hipócrita, que maldecía y odiaba la crítica; nombró como asistentes monos perezosos. Él y su mujer – usaban el inodoro - eran piadosos y aficionados a la ornitología tanto que perseguían a un elusivo pájaro sagrado, de plumaje y capirote blanco. Lo atraparon por cansancio. Estudió religión y aprendió que era importante aplicar la corrección fraterna. De la astronomía aprendió que era necesario mirar al cielo para ver lo bello. En eso estaba cuando la benefactora se vio obligada por una justicia no divina a romper el secreto del tanque y abrió la tapa. El rey dejó de mirar al cielo para ver qué había dentro del tanque. Al momento de asomarse se desprendió una RAMAZÓN SECA DEL ÁRBOL DE MORA alemán que lo golpeó cayendo sobre su caparazón a la fétida miasma donde se ahogaba, solo atinaba culpar al rey anterior, a su propia mujer por bocona, su amigo que lo traicionó, su religión por no protegerlo, y a Dios. Fuera del tanque se reunieron unos pajarracos feos, malolientes, picudos, de plumaje opaco y encapirotados. El jefe, dirigiéndose a los otros, les habló con voz blandengue “A este ya le dio el síndrome del pecado original: Adán culpa a Eva por darle su manzana, Eva culpa a la serpiente por convencerla de dar a Adán su manzana, la serpiente culpa a Eva por culifloja y a Adán por pichidulce, los tres culpan a dios por darles libre albedrío y dios culpa a todos por no seguir las reglas”
Moraleja: “Al santurrón, cuando está mirando al cielo y escupe para arriba, la saliva le cae en la cara”.
Docente universitario