Familia del siglo XXI
En un mundo que se adentra en el tercer milenio con la conciencia de que a los hombres y mujeres de esta época les toca protagonizar trasformaciones económicas, sociales y políticas de calado histórico, la familia no podía ser una excepción.
Si nos detuviéramos en analizar la definición que de familia nos ofrecía el eminente antropólogo Levy-Strauss en 1949, comprenderíamos hasta qué punto las cosas han cambiado. Hasta qué punto queda obsoleta, compuesta por el marido, la esposa y los hijos nacidos en el matrimonio.
Modelos familiares que hace años seguían pareciendo una excepción son, en la actualidad, estructuras familiares socialmente normalizadas: monoparentales, reconstituidas o mixtas, formadas por personas de un mismo sexo? No puede analizarse la familia si no es a la luz del momento histórico que le corresponde vivir.
Pero con independencia de la proliferación de estructuras familiares hasta no hace mucho desconocidas, se han abierto camino y han ido tomando cuerpo ciertos valores desde los que es preciso afrontar los retos educativos que le corresponden a la familia.
Los cambios que se han producido han arrinconado esa visión ancilar de la mujer y han supuesto una profunda modificación en la mentalidad y en los valores. Hoy, pese a las desigualdades que aún subsisten y a los casos de machismo que aún perduran, ya nadie se atreve a cuestionar la radical igualdad entre hombre y mujeres. Y se considera un signo de progreso, como en su día señaló Marx, la posición social que el género femenino ha ido conquistando.
Por lo que respecta a la llamada filosofía de la igualdad, como reacción pendular a un modelo de padres de marcado carácter autoritario, se ha ido imponiendo en los últimos tiempos un nuevo estilo de relaciones paterno filiales basadas en el colegüismo que rige entre amigos. Abandonando, desde una interpretación errónea del principio de igualdad con los menores, el imprescindible ejercicio de funciones que son propias del rol parental. Padres, muchas veces bien intencionados, que huyendo del autoritarismo que ellos mismos pudieron padecer, no saben cómo ejercer una razonable autoridad.
Los temores por reproducir estilos educativos que les parecen rechazables tienen como consecuencia el debilitamiento de la autoridad necesaria para trasmitir normas de conducta o valores morales a niños o adolescentes.