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Fariñas, La Habana y lo inimaginable


En el límite de la vida, la dolorosa huelga de hambre del disidente cubano Guillermo Fariñas ha finalizado. La protesta de tantos meses de este periodista y psicólogo, de 48 años, cuya deteriorada imagen le dio la vuelta al mundo, ha logrado con su sacrificio lo inimaginable: frenar la utopía cubana de que es posible vivir –ni en Cuba ni en ninguna parte- sin libertad de expresión. El resultado inmediato, gracias a la efectiva mediación de la Iglesia católica, ha sido la sorprendente decisión del gobierno de La Habana de liberar a 52 opositores, 23 excarcelados antes por razones de salud, y que habían sido condenados a largas penas de prisión desde el 2003.

Fue un sacrificio impuesto, pero Fariñas logró enviar a la comunidad internacional un mensaje contundente que se convirtió en una lección universal ejemplar contra todos los intentos totalitarios de cualquier gobierno que pretenda cercenar, mediante la fuerza y la cárcel, el derecho irrenunciable a la libertad de opinión de los pueblos.

El camino para recuperar la libertad política y social en Cuba será muy largo. Pero este episodio es por sí mismo un triunfo no sólo de Fariñas, sino de un pueblo decidido a crear las condiciones internas para vivir en libertad.