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Ferrufino y los precios alterados


Nadie puede negar la audacia del Ministro de Desarrollo Social, Guillermo Ferrufino, al denunciar la extorsión proveniente de uno de sus exfuncionarios. Buena la asesoría: un ataque se responde con otro, para poner al rival a la defensiva. La intención aparente parece ser tapar un señalamiento con otro, y llevar la situación a esa especie de empate en la que se trate de “su palabra contra la mía”. Hay un problema, sin embargo: la puerta por donde se escapa el reo. Porque el problema no estriba en las acusaciones mutuas sino en el delito de los sobreprecios, en la ausencia de respuestas contundentes y creíbles sobre por qué un cuchillo de cinco Balboas llegó a costar diez veces su valor real, o un capote saltó de 30 a 150 Balboas. Si el ministro Ferrufino logra aclarar esto, seguramente le irá bien en lo de la extorsión, porque no hay ninguna responsabilidad en aquello de: “yo no sabía que eso estaba pasando”. Se sabe que en materia legal, la ignorancia no releva de responsabilidad. Y que tal si el ministro se entera de que en ninguna parte de sus declaraciones sobre la eventual extorsión queda claro su papel en los sobreprecios denunciados. Un ministro es un ministro, es un jefe, y nada excusa su aparente ignorancia. Aunque las autoridades lo favorezcan en el caso de la extorsión, quedará en entredicho su palabra y su gestión, y en política el prestigio es una carta decisiva.