Fin del embargo
Cada vez es mayor el consenso en la comunidad de naciones acerca de que el embargo de EE.UU. contra el régimen cubano debe cesar. El embargo no es ni la causa ni el efecto del aislacionismo cubano, pero sí es el emblema de su tragedia. Cuando las naciones del mundo concuerdan en que cualquiera que haya sido su justificación pasada, en el mundo de hoy el embargo es un anacronismo, no lo hacen con el objetivo de reforzar la estabilidad del grupo gobernante en la isla. Más bien parece que se trata de un entendimiento compartido respecto de la necesidad de impulsar cambios de modo gradual, que les permiten a los cubanos despertar al siglo XXI sin excesivos estremecimientos. El gradualismo puede ser un método sabio en la reforma política, pero necesita de pasos contundentes en la dirección correcta. Hasta ahora el embargo no ha sido más que la coartada perfecta para mantener el status quo de la cúpula comunista. La quiebra del embargo podría significar el comienzo del fin de una época signada por prejuicios ideológicos y resentimiento y el despuntar de una nueva en la que Cuba podría aportar mucho a los países de la región, al tiempo en que todos los Estados se comprometen en respaldar una transición ordenada del centralismo democrático de viejo cuño a un Estado liberal con responsabilidad social y participación libre de los ciudadanos. Si Cuba gana en este proceso, ganamos todos en América Latina.
