Fragmentos históricos
Los grandes espíritus filosóficos han impulsado a través de los milenios, los distinguidos imperativos ideológicos, promoviendo el pensar de las colectividades sociales, tras las profundas posibilidades que incentivan el presentir del hombre. Y hoy he de contagiarme obsesionado, estimulando la búsqueda de la verdad que aún castigado por estas pretensiones, continúo sin encontrar la vía que puede encausarme hacia las ardientes satisfacciones anímicas. Pero con el paso del tiempo, el desprecio humillante irrumpió a la vera del camino atacándome, propinándome la lección de oficio que jamás hubiese querido recibir, donde la humildad y la decencia profanada fueron asumiendo los perfectos sometimientos malévolos.
...EN TODOS LOS RINCONES DE MI PROVINCIA NATAL, SITUACIONES QUE NI AYER NI HOY SON DIGNAS DE APLAUSOS PARA MÍ, DONDE AÚN SIENTO QUE LA PERSONALIDAD SE QUEBRANTA Y QUE LOS BUENOS HÁBITOS HUYEN COMO SI ESTUVIESEN ANTE LA PRESENCIA DE UN PAVOROSO INCENDIO.
Esto implica el doloroso acto de arrepentimiento con las secuelas que heredó mi novel personalidad, incitada por conocer los atractivos componentes que atesoran el éxito. Práctica desatinada que luego de su desplazada hegemonía confisca la honestidad subyugándola, procediendo a someterla en el lamentable cautiverio, actitud en la que todos sufren los efectos de las diatribas que provienen de las penosas imprudencias como productos de los preocupantes desazonados infortunios, hechos guiñapos, muestra de auténticos testimonios tornados en enfurecidos desconciertos.
La soberbia asalta mi ánimo en rememoración del pretérito sin retorno, dominado por los hechos insolentes que describiré en el transcrito ejercicio. Comparto el pleno derecho de amonestar el pasado, aclarando lo que él se permitía, procurando acreditar las intromisiones dominantes, en todos los rincones de mi provincia natal, situaciones que ni ayer ni hoy son dignas de aplausos para mí, donde aún siento que la personalidad se quebranta y que los buenos hábitos huyen despavoridos, como si estuviesen ante la presencia de un pavoroso incendio.
Un día paseando por la avenida central de Santiago fui llamado por un miembro de una prestigiosa familia afirmándome, Fermín, deseo que seas nuestro candidato a Diputado en las próximas elecciones. Frente a lo dicho, revolotearon muchas ideas en mi mente, queriendo abrir las puertas del asentimiento, quedando atónito guardando el merecido silencio, porque obvio era que para tales efectos necesitábamos buena cantidad de dinero, pensé que carecíamos tener la equitativa cuantía para responder a esa demanda, contestándole, Don Luis, permítame esperar, tengo que inquirir a mi padre, porque estos apuros no los puedo remediar sin antes consultar con él, jamás podré proceder cobijado por las dudas. La consulta se realizó y advino el consentimiento gobernado por las estrictas condiciones. Y un buen día el joven barbiponiente viaja a la capital a entrevistarse con el doctor Víctor Florencio Goytía, y permaneció sorprendido cuando me contactó, espetando una leve carcajada, y añadió luego: Angélica, ven acá, este chiquillo ¿quién me lo mandó? Desconocía que el imberbe joven recién llegado era el diestro enamorado de la palabra, cultor de la dicción. Luego del intercambio de expresiones, el cariño y la estimación entraron en función, irrigando para siempre el terreno de la amistad entre nosotros, donde el atractivo diálogo acaparó la atención rayana con la admiración. Pero ya el nerviosismo se posesionaba de la sociedad y las personas con un poquito de atención podían vaticinar que una tempestad se avecinaba.
Las ansias desbocadas de los que vivían en la capital y se postulaban por Veraguas aliados de sus adláteres con humos de titiriteros, maquinando todos los deseos para quedar bien con sus mayorales, seleccionaron la primera tarea; visitar las diversas comunidades hablando lo mejor de sus jefes y denigrando a los demás que no teníamos dinero, luego añadirían el próximo trabajo, rayarían miles de papeletas para llevarlas a los bolsillos de los incautos, sumados tres dólares de prebendas. Se vivía en un pasado sin tecnología moderna y los votos se contaban casi a boca cerrada, ofreciéndose los resultados imprevistos, dando lugar a las comunes trifulcas que provenían de las sospechas caprichosas. Y sobre este escenario se festejaban los resultados valederos para los próximos cuatro años. ¡Aciago pasado vestido con el velo de la oscuridad!