Francisco, las finanzas y el medioambiente
En su Exhortación Apostólica Evagenlii Gaudium, el papa Francisco llamó la atención sobre los problemas relacionados con el dominio del capital financiero, y señaló que “la adoración del antiguo becerro de oro (…) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano”. En su encíclica Laudato Si, el papa vuelve al tema afirmando que “las finanzas ahogan a la economía real”, agregando que “no se aprendieron las lecciones de la crisis financiera mundial y con mucha lentitud se aprenden las lecciones del deterioro ambiental”.
A fin de valorar la posición del papa, conviene avanzar en dos momentos. El primero de ellos orientado a mostrar, utilizando algunos de los estudios más recientes, como el actual modelo económico, guiado por el lucro y la acumulación de riqueza abstracta, se encuentra actualmente en un franco choque con los límites biofísicos impuestos por la naturaleza. El segundo destinado a evidenciar que la lógica interna del capital financiero, que actualmente es el elemento dominante del sistema económico global, tiende a llevar esa contradicción a un nivel extremo.
Sin intentar repetir algunos hechos que ya comentamos en algunos artículos previos, es conveniente llamar la atención sobre una investigación desarrollada por James Hansen, Makiko Sato y Reto Ruedy, publicada en agosto de 2012 bajo el título de “Perception of Climat Change” en el número 109 de la prestigiosa revista Proceedings of the National Academy of Sciences. La metodología del estudio es simple, se comparó la media y la dispersión de las temperaturas en un gran número de localidades registradas en el escenario línea - base, que fueron las observaciones del periodo 1951 – 1980, en el que todavía operaban las condiciones del Holoceno, con las que se registraron en el periodo más reciente correspondiente al lapso que va del año 1981 al 2011.
Los resultados del análisis son claros, no solo se observa un incremento significativo de la temperatura media de la Tierra, también se advierte un cambio en la propia forma de la curva que representa la distribución de las probabilidades de las temperaturas observadas. Esto, para ponerlo en términos sencillos, significa que la posibilidad de que ocurran las llamadas “anomalías”, es decir, los eventos extremos, también se ha elevado de forma significativa. Se trata, sobre todo, de los fenómenos vinculados con los calores extremos, los cuales han sido sumamente costosos para la humanidad. Así, por ejemplo, el verano del 2003 en Europa, el más severo en 700 años, significó la muerte de 70 mil personas, mientras que el verano extremo observado en Rusia en el año 2010, redujo la cosecha de granos en 30%, a la vez que le costó la vida a 56 mil seres humanos.
La perspectiva de todo esto es todavía peor, ya que, de mantenerse la tendencia de la emisión de gases invernadero, hacia el 2080 se alcanzaría una temperatura que superaría en 4 grados Celsius a la observada antes de la revolución industrial. Los resultados serían catastróficos. De acuerdo con el Postdam Institute for Climate Impact Research, de darse esta situación, el 60% de la población mundial se vería impactada por olas de calor devastadoras y sin precedentes, lo que afectaría principalmente a las poblaciones de las regiones más pobres del planeta.
La alta probabilidad de ocurrencia de este tipo de escenario no es independiente, como lo observa acertadamente el papa Francisco, del dominio del capital financiero sobre la economía global. Para comenzar, se trata de un capital que, como cualquier otro, tiene como motivación básica la generación de ganancia y la creciente acumulación de la misma. Se trata, entonces, de una pieza clave de un modelo de economía que privilegia el crecimiento económico permanente, sin reconocer que la economía es un sistema abierto que está inscrito en un ecosistema finito, de manera que cargarlo permanentemente solo puede llevar al colapso de este último.
Sin embargo, hay más. El capital financiero, como lo ha destacado varias veces el conocido economista ecológico Herman Daly, se entiende como una actividad que hace circular dinero para obtener más dinero, sin ninguna vinculación o referencia concreta con las actividades productivas materiales. Su preocupación por el medio es, entonces, prácticamente nula. A esto se debería agregar que se trata, como lo advirtió Keynes, de un capital preocupado principalmente por las ganancias especulativas de muy corto plazo.
Las observaciones del papa son, entonces, precisas. Su clamor debe ser escuchado y seguido de la acción: Como dijo Francisco: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”.