ESPACIO PUBLICITARIO — Top (≤100px)
Fuerzas que luchan por la paz y el orden
Decía el inolvidable poeta, novelista y ensayista mexicano Amado Nervo que tan importante como el pan de cada día era la paz de cada jornada, sin la cual hasta el mismo mendrugo nos resulta amargo. Ciertamente, no le faltaba razón.
Hemos sido creados para la armonía, para vivir dependientes de lo armónico, aunque cada día fabriquemos más armas y nos reinventemos nuevas intimidaciones en lugar de sembrar sonrisas para unir corazones.
Es una realidad, por otra parte, que cada día nos perdonamos menos y cultivamos más la venganza. Nos hemos vuelto guerreros y hasta alzamos contiendas contra nosotros mismos para fortalecer nuestro altanero y personal yo, sumido en la posesión permanente y sin donación alguna.
Decididamente hay que poner todo el intelecto al auxilio del que nos pide un poco de ternura. Tenemos que reencontrarnos, vivir mucho más interiormente, crecer como personas, abandonar cualquier actuación nuestra de intolerancia y discriminación, si en verdad queremos construir un mundo más habitable.
Todos, sin excepción, estamos llamados a generar un clima de convivencia, y no de conveniencia, por consiguiente más del espíritu que del cuerpo, más de la vida que de la muerte, más del orden innato establecido que del jerárquico dictado por los poderosos.
HOY, 29 DE MAYO, DE CADA AÑO, ES SU DÍA, EL DÍA INTERNACIONAL DEL PERSONAL DE PAZ, POR SU TESÓN Y CONSTANCIA, POR SU REFERENCIA Y REFERENTE, POR SU CORAJE Y POR SU HEROICIDAD; POR HACER, EN DEFINITIVA, UN MUNDO MÁS HUMANO. ESTOS HÉROES DE LA ESPERANZA (LOS “CASCOS AZULES”)...
Por desgracia, nos hemos acostumbrado a predicar mucho sobre la paz, pero al final ni creemos en ella, ni trabajamos a jornada completa y mucho menos sinceramente para conseguirla.
Aunque la simpleza nos domina a su antojo, quizás algunos sí se la crean, me refiero a las fuerzas de mantenimiento de la paz, a los “cascos azules” que trabajan en los rincones más peligrosos e inestables del planeta. Ellos sí que se merecen nuestro recuerdo, también nuestro brindis, hoy, 29 de mayo, de cada año, es su día, el Día Internacional del Personal de Paz, por su tesón y constancia, por su referencia y referente, por su coraje y por su heroicidad; por hacer, en definitiva, un mundo más humano.
Estos héroes de la esperanza (los “cascos azules”) saben bien que cuando dos se abrazan de corazón, el mundo no solo se llena de gozo, también se propaga este entusiasmo y nace un nuevo mundo. Por eso, quizás más que nunca, necesitamos estas fuerzas de verdad que luchan por mantener la paz arriesgando su propia existencia.
Desde el comienzo de estas misiones de Naciones Unidas, más de 3,300 “cascos azules” han dado su vida por la paz, de los cuales 125 fallecieron el año pasado. Ante estos soñadores de la paz, portadores de un cielo azul, pienso que contribuir eficazmente a un futuro de paz es el más sublime quehacer que podemos injertar en nuestro paso por esta vida.
Nos merecemos vivir y también nos merecemos, por exclusivo sentido natural de supervivencia, ser asistidos por nuestros semejantes ante cualquier contienda. Por eso, con miras a ese porvenir, el mantenimiento de estos ángeles de la vida son vitales para superar algunos de los más destructivos conflictos mundiales. Precisamente, este año que coincide el Día Internacional del Personal de Paz, con el setenta aniversario de la creación de las Naciones Unidas, lo que debe avivarnos, no únicamente a brindar la oportunidad de rendir un tributo a la significativa aportación de los “cascos azules” a la historia de la citada organización, sino también para reafirmar un compromiso de toda la humanidad para que su impacto aumente en el futuro.
Hemos de hacer comunidad, y el mundo está muy bien que se globalice, pero lo primordial es que se fraternice, y comparta el destino de la unidad desde lo heterogéneo.
Así pues, considero que toda actividad humana ha de ser menos competitiva y si hay algo por lo que ha de distinguirse es por ser una actitud de servicio hacia los más débiles. La donación es el alma de esa fraternidad que, a mi juicio, es lo que construye la armonía de la que todos hablamos, pero con la que pocos soñamos para desgracia nuestra.