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Gobierno y soberbia

Por: Redacción 07/08/2015

Lo que no se puede permitir en un gobernante es la falta de tolerancia. Se puede gobernar un país y no ser tolerante. Pienso que entre todas las virtudes que debe poseer un gobernante, como toda autoridad que sirve a la nación, al pueblo, a la sociedad civil, resalta, en primer lugar, la tolerancia.

Se entiende que la tolerancia es capacidad y es virtud. Es capacidad en cuanto se ostenta un talento especial para escuchar y entender razones sin que la ira, la pasión o la emoción hagan sus acostumbrados asaltos a la tranquilidad de espíritu.

SI HUBO UNA NOTA DISTINTIVA EN LA FIGURA DEL PRESIDENTE VARELA QUE LO ENQUISTÓ EN LA CIMA DEL PODER POLÍTICO, PIENSO QUE FUE SU CAPACIDAD DE DELIBERAR E INTERPRETAR LOS PROBLEMAS NACIONALES Y NO, PRECISAMENTE, LA SOBERBIA NI LA ALTANERÍA, MENOS PARA CON UNA DAMA.

La tolerancia es virtud en la medida en que su práctica y su constante aplicación a los actos ordinarios y cotidianos de la vida se hace en nuestras acciones un principio o ley de vida, es una pauta o regla de conducta. Cuando tal cosa no sucede es porque, simple y sencillamente, aún no hemos podido superar los estados atávicos y barbáricos de la ira, la emoción y la pasión, de los celos y cuanto atavismo que aún nos mantiene esclavos y victimizados por nuestras propias debilidades y falencias.

La tolerancia, cabe destacar, no es solo cuestión de presidentes y de ministros, sino también de todo ser humano que se jacte o repute de comprensivo y humanista. Sin embargo, cabe decir y corresponde hacerlo, de modo responsable, son estos, quienes ocupan altos puestos o cargos de eminencia o de jerarquía en el Estado, los primeros llamados a ponerla en ejecución y práctica constante.

Sin la tolerancia de los gobernantes, todo discurso que se repute de demócrata no pasa de ser más que una frágil pantomima de equidad y de justicia, de paz y de orden. Es decir, pasa a ser un mero discurso .

Cuando los gobernantes pierden la capacidad de ser tolerantes, cuando la virtud se escapa por las ventanas de los palacios de los gobiernos, y las puertas de tales edificios se convierten en orificios por los que solo penetra la soberbia cotidianamente, entonces se entroniza la autocracia y el concepto de demócratas se le queda grande a quienes no son más que un espejismo o una ficción de la auténtica democracia.

Quien pierde la capacidad y la virtud de ser tolerante degenera en la soberbia, en la indiferencia social, y sin que se dé cuenta se aparta, muy rápido, de ese calor sabroso que solo saben dispensar los pueblos a sus auténticos líderes o dirigentes.

Quien como gobernante trata a sus críticos con soberbia, quien como gobernante vilipendia o humilla a sus detractores, sea que tengan ellos la razón o no, se autodescalifica o se anula a sí mismo, ya que en la medida en que menosprecia o vilipendia a cada ciudadano del pueblo, a cada compatriota, en esa misma medida el pueblo devuelve menosprecio y el castigo es cruel: nada bueno se hablará del gobernante y solo quedará esa rábula de los gobiernos conocida como los permanentes aduladores que abundan en las llamadas democracias, pero en las que la muchedumbre silenciosa se hace sentir con mayor intensidad que los gritos de la fuerza de quien ejerce el poder.

En razón de lo anterior, de ninguna manera, nos parece humilde ni cuerda la respuesta dada por el señor presidente Varela a la defensora del pueblo, Lilia Herrera. No tanto por su contenido, sino por el tono manejado, las inflexiones faciales y también por la mirada transformada acreditando suma molestia y sumo enojo o enfado. La defensora del pueblo todo lo que hizo fue visitar un centro penitenciario, en donde la inversión no justifica que tengan a seis detenidos solamente bajo el calificativo de peligrosos.

Así no se ganan más adeptos, simpatizantes o prosélitos, así no se sube en índices de popularidad, y menos se gana en la democracia.

Si hubo una nota distintiva en la figura del presidente Varela que lo enquistó en la cima del poder político pienso que fue su capacidad de deliberar e interpretar los problemas nacionales y no, precisamente, la soberbia ni la altanería, menos para con una dama.

Creemos que un presidente está llamado a generar consensos sociales, no disensos ni divisiones en el pueblo.

Un consejo, defensora del pueblo: sabe, pienso que el presidente también tiene razón de algo: que esté usted más pendiente de lo que pasa en nuestros estratos sociales y no tenga miedo de denunciar a nadie, sea quien sea. Por ende, juegue el papel de lo que es usted: La defensora del pueblo.

El debate queda abierto.

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Viernes 31 de julio de 2026

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