¡Gracias Papá!
Creo que muchos somos los que en la infancia nunca conocimos el mundo de los juguetes que lucen en las vitrinas de los almacenes y que, al contemplarlos, deseosos de tenerlos pero también ante la imposibilidad de llegarlos a adquirir dada la pobreza de nuestros padres, dejábamos correr tenues y sutiles lágrimas por nuestras frescas mejillas. Sin embargo, en el caso mío, mi padre siempre inventaba un juguete: nos impresionaba con el trompo labrado a punta de machete; el caballo improvisado con un palo y con jáquima de bejucos; la carreta consistente en un palo, similar al de las escobas, al cual se le clavaba una tapa de lata adelante y a ¡empujar carreta!; en el caso de mis hermanas nuestra madre les prestaba pequeñas pailas para jugar al llamado “cocinao” bajo la fresca sombra de un frondoso árbol o las mandaba a donde la costurera del pueblo a buscar pequeños retazos de tela para hacer trajecitos y otras pequeñas prendas de vestir para las improvisadas muñecas de capullos de maíz.
¡Vaya que fueron días llenos de gloria y de dicha aquellos! No existían los nintendos y tampoco teníamos televisión para dedicarle largas horas a contemplar, en mudo silencio de autistas, las cómicas o las películas. Sabíamos decir “gracias” por cada muestra de cariño, “gracias” al tomar el “recolao” por las mañanas que nuestra madre afectuosa y con evidente afán nos hacía luego de colar el café del viejo; “gracias” a Dios por cada día que nos llegaba y por cada noche que venía; no nos sentíamos ni nos sentimos dueños de nada, pues siempre hemos entendido que todo lo que recibimos es ganancia y que la vida ha sido bondadosa con nosotros. Alguien ha dicho que a Dios le debemos la vida y no nos la está cobrando. En fin, crecimos aprendiendo a dar sencillas gracias. Gracias por todo, aún por lo más mínimo o por muy insignificante que parezca ser. Y al darlas aprendimos a brindar una sonrisa afable, apacible, pletórica de sentimientos puros.
Nuestros progenitores nos mostraron caminos que había que recorrer sobre ruedas de verticalidad, de rectitud, de honestidad y de transparencia. También nos enseñaron que lo que se quiere en la vida demanda de nosotros mucho aporte de esfuerzo y trabajo sin límites. Constantemente se nos decía: “Estudie hijo para que sea alguien en la vida” y no como se suele decir hoy día “estudie para que consiga un buen trabajo”. Hay personas, millones, que tienen buenos trabajos y no porque hayan estudiado. El estudio enaltece el espíritu, abre la visión de las mentes hacia valles y montañas impensados y permite contemplar la luz del conocimiento y sus destellos refulgentes.
Si tan solo aprendiéramos a ser agradecidos con Dios, con la vida, con nuestros seres queridos, amigos y enemigos y ojalá así lo pudiéramos inculcar a nuestros hijos. Que aprendan que el mundo se conquista y que no se nos regala o que tenemos derecho a que todos se muestren a nuestros pies.
