Grafitis en su sitio
La decisión gubernamental de elegir a través del Instituto Nacional de Cultura (Inac) los espacios públicos que pueden usarse como grafitis constituye una solución racional al asunto. La salida del Inac respeta el derecho a la libre expresión de los artistas y ordena el espacio urbano, delimitando fronteras entre la licitud y la ilicitud en cuanto al uso de la propiedad pública sometida a excesos anárquicos de la anonimidad creativa de grafitis.
Concluye así la clandestinidad de esta clase de arte popular, abriendo la posibilidad de que los autores accedan a las técnicas de la pintura mural en forma regulada. Como se conoce, la palabra grafiti deriva de la expresión italiana graffiti y la voz latina scariphare, es decir estilete o punzón que se utilizó en las civilizaciones arcaicas para la escritura sobre tablillas.
La regulación estatal del grafiti tiene un antecedente importante en la pintura mural mexicana. Por iniciativa del filósofo José Vasconcelos, como ministro de Educación, desde principios de la década de los años veinte, los pintores Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco dispusieron de espacios públicos de universidades, ministerios, dependencias públicas para construir gigantescas expresiones de la técnica muralística inspiradas en pasajes de la historia mexicana a menudo con acentuada carga ideológica. Los muralistas no eligieron a su voluntad subjetiva las paredes de propiedad pública. En juicios de Octavio Paz, “el movimiento muralístico mexicano tiene características propias inconfundibles. No es exagerado decir que ocupa un lugar único en la historia del arte del siglo XX”.
En la era pos Segunda Guerra Mundial surgieron los grafitis como un recurso creativo a base de aerosol para estampar frases significativas o pintar escenas extraídas de la cultura popular urbana. Fue famosa la frase “Kilroy estuvo aquí” para señalar la presencia de los soldados norteamericanos en países de Europa Occidental y África del Norte, liberados de la dominación alemana. Kilroy fue el soldado desconocido que luchó fuera de su país contra los opresores nazifascistas. Luego el grafiti se diseminó por el mundo como una rama del pop-art, en ciudades como Nueva York, Los Ángeles y otras de Estados Unidos. En Nueva York recogieron las protestas del gueto, en Los Ángeles fue el legado de artistas pachucos quejosos del estatus de hegemonía anglosajona.
En Panamá sobresalen las pinturas de murales del maestro de las artes plásticas Enrique Lewis, en el palacio presidencial de Las Garzas, basadas en pasajes de la historia de la conquista.
En tiempos recientes se ha hecho presente la pintura de grafitis exaltando momentos estelares de la soberanía panameña. Pero las objeciones gubernamentales proceden del uso indiscriminado de las nuevas obras públicas del reordenamiento urbano, que llegó a excesos deplorables con el pintarrajeo clandestino de vagones del metro.
El nacionalismo pictórico puede conciliarse con el ordenamiento urbano en el que se han invertido millones de dólares del erario público. Si los muralistas mexicanos aceptaron gustosos pintar en los espacios culturales seleccionados por el Estado, no se concibe que los grafiteros locales sean la excepción a las normas contra la anarquía. El Inac dialogará con los artistas para conciliar puntos de vista.