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Gremialismo médico


Xavier Sáez-Llorens / Médico e investigador (opinion@epasa.com) / -

El gremialismo surge por la necesidad de los trabajadores de aunar voluntades e intereses para buscar dignificar las condiciones de empleo, pelear por mejores salarios, fomentar la capacitación constante y defender los compromisos contractuales. Hasta ahí, todo parece justo y sensato. La mejor manera de satisfacer estas lógicas aspiraciones es fortaleciendo la corporación o institución donde uno se desempeña. Una empresa más sólida propicia paralelamente un mejor ambiente laboral. Un patrono inteligente honra derechos, y un trabajador eficaz cumple deberes. Así de simple debería ser. Existen, empero, numerosos casos de explotación y holgazanería, de parte y parte.

Cuando era estudiante de Medicina y durante mis primeros años de ejercicio doctoral, pertenecer a la Asociación Médica Nacional era sinónimo de orgullo. Los cabecillas gremiales de las décadas de los 70 y 80 se destacaban por su excelencia académica o profesional, cualidad que les otorgaba liderazgo y credibilidad. Además de perseguir beneficios para los agremiados, ellos se dedicaban a luchar por igual para que los pacientes tuvieran acceso a la mejor calidad de medicina posible. La coordinadora denominada Comenenal (Comisión Médica Negociadora Nacional) se forjó para fomentar la unidad del sector médico y poder enfrentar con mayor fuerza los desmanes sociales de la dictadura militar.

En las dos últimas décadas de democracia, esta entidad ha ido perdiendo prominencia y reputación dentro de nuestra comunidad hipocrática, muy probablemente debido a que la dirigencia ha sido secuestrada por galenos anarquistas, sin prestigio curricular, que solo responden a afanes particulares o partidistas. La mayoría de médicos del país no se siente representada por las recientes vocerías sindicales. Lamentablemente, como los medios viven de morbo y polémica, los periodistas les brindan unos minutos de micrófono y ellos aprovechan para generar protagonismo y distorsionar hechos a conveniencia. En lugar de esbozar argumentos razonados, estos farsantes exhiben un fabuloso dominio en el arte de rebuznar. Solo basta indagar acerca de su trayectoria para darse cuenta de que muchos de ellos ni siquiera cumplen a cabalidad con sus obligaciones laborales e inducen repetidas huelgas en cada administración para preservar el pernicioso statu quo de improductividad. Ni siquiera se identifican con la institución que les paga y cobija.

Cada vez que ocurre una tragedia sanitaria, aún en ausencia de fundamentos objetivos, la Comenenal sale a despotricar contra la administración de turno y, en muchas ocasiones, contra sus propios colegas. No les importa si su institución madre se denigra ante la opinión pública. Parecen, incluso, alegrarse de que haya crisis. La salud pública es siempre una bomba de tiempo, en cualquier momento estalla un problema, no solo aquí sino en todo el mundo. En todos los países acontecen adversidades, de forma intermitente, debido a epidemias, reemergencias de enfermedades, fármacos adulterados, productos contaminados, brotes de infecciones nosocomiales o errores humanos. Hay una máxima que señala que en medicina aquel que no resbala, cae. En Estados Unidos, recientemente, hubo una contaminación microbiana de una solución esteroidea inyectable (metilprednisolona) que produjo meningitis y abscesos epidurales en más de 700 sujetos, con al menos 58 fallecidos. Tomó varios meses descubrir la génesis del problema (hongo Exserohilum rostratum). La investigación encontró la presencia del germen en tres lotes del producto, el cual era manufacturado por un laboratorio de Massachusetts que contaba con adecuados estándares de producción.

En Panamá, han acontecido varias crisis sanitarias. Epidemias de Hantavirus e influenza, resurgimientos de malaria, tuberculosis o tosferina, infecciones nosocomiales recurrentes, irradiaciones excesivas, contaminaciones de soluciones o medicamentos, etc. Estas calamidades son usualmente cíclicas, fortuitas o impredecibles. La intoxicación por dietilenglicol (DG), por ejemplo, ocurrió por la compra inadvertida de una glicerina industrial. Esta sustancia se utilizó después para fabricar jarabes contra la tos en un recinto químico de la CSS, ya clausurado. Lo ideal hubiera sido analizar el contenido del producto antes de despacharlo, pero eso no era una práctica habitual del ente rector ministerial, a través de Farmacia y Drogas, una conducta que debería ser rutinaria cuando se otorga el registro sanitario y posteriormente de manera aleatoria.

Cuando sucede una tragedia, lo peor que puede pasar es que se viertan noticias basadas en especulaciones y emociones. Ni los gremios ni los medios deben jugar con el sufrimiento ajeno. Una injusticia (muertes accidentales) no se puede reparar con otra (acusaciones infundadas). Cuando ocurrió lo del DG, se había inculpado erróneamente al medicamento lisinopril. Ahora se intenta hacer lo mismo con la heparina. Aunque tome tiempo en disipar incertidumbres, la claridad basada en evidencias es fundamental. En ocasiones, desafortunadamente no se logra precisar la causalidad de los decesos. Las autoridades, no obstante, deben procurar implementar medidas contundentes para detectar potenciales irregularidades a tiempo, minimizar su impacto, indemnizar a los afectados y tomar acciones preventivas para evitar repeticiones. A todos nos duele la muerte inesperada de seres humanos, particularmente de niños. Dejemos, por tanto, los efluvios viscerales y los intereses políticos de lado. El dolor no nos debe guiar a cometer exabruptos. Un poco de racionalidad le vendría bien a este país. Es un paso crítico para dejar el subdesarrollo.

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Viernes 14 de agosto de 2026