Hacia la escuela del rendimiento
La reforma del sistema educacional es una de las tareas más importantes que debemos emprender con la mira puesta en el futuro. La renovación de los métodos de enseñanza debe orientarse a conseguir que los cambios decisivos de la vida espiritual, política y económica sean más relevantes para la juventud. Pero el indiscutido objetivo del reformador consiste también en la elevación del nivel educacional y en ofrecer a cada uno, la máxima ocasión de desarrollar sus inclinaciones y aptitudes, así como en prepararlo para una vocación y un compromiso que redunden en beneficio de toda la sociedad.
Hoy, más que nunca en el pasado, las escuelas tienen ahora la función de patrocinar el desarrollo intelectual y el carácter de la población juvenil. Pero los establecimientos educacionales solo pueden satisfacer estas expectativas si fundan su planificación específica de tal manera que les sea posible hacer justicia en esas metas, y siempre que se les concedan los medios suficientes.
En la planificación del sistema educacional entran en juego diversas consideraciones. Muy a menudo, estas tienen una motivación política o, más precisamente, sociopolítica, no obstante lo cual siempre permanecen en el núcleo central las consideraciones humanas. En este punto, la indagación respecto a la capacidad resulta de fundamental importancia, puesto que le toca determinar el factor temporal más adecuado para el proceso real de la educación escolar y obtener un conocimiento confiable para la utilización más provechosa de los auxiliares educacionales. Es responsabilidad de la educación media estimular la investigación sobre el estado actual de los estudios respecto a la capacidad intelectual y al fomento de la educación.
La sociedad, asentada sobre una realización creciente y sobre el progreso, espera que la escuela de la actualidad se desarrolle hasta convertirse en una verdadera “escuela de rendimiento”. Se requiere de ella (la escuela) que extienda e intensifique su labor educacional, que trate de mantenerse al día con la investigación científica y con los desarrollos tecnológicos y que, por consiguiente, determine exigencias especiales, sobre el deseo de rendir y la capacidad de rendimiento de sus educandos. La escuela reconoce la filosofía y la realización de la sociedad moderna, pero armoniza este reconocimiento con los ideales tradicionales de la educación: religiosos, éticos, sociales, humanísticos y culturales y sostiene de este modo el principio de una educación que abarque la personalidad entera.
En consecuencia, se protege debidamente para evitar una caída en el perfeccionismo materialista y en el culto del puro rendimiento. Su intención consiste en preparar a los jóvenes para enfrentar la vida y sus demandas y, al mismo tiempo, les ofrece la mejor asistencia posible con vistas al desarrollo y a la estructuración, a fin de que puedan desplegar sus recursos y aptitudes personales.
Las realizaciones intelectuales se nutren de impulsos motivacionales y direcciones provenientes de todos los estratos y esferas funcionales del organismo corporal y espiritual, pero reciben su sello individual principalmente de la inteligencia nuclear hereditaria y sus funciones de apoyo: imaginación, memoria, lenguaje, deseo de alcanzar un objetivo, poder de atención, tendencia al orden y a la forma, inclinación gregaria, intereses y valores. Con la madurez progresiva y bajo la influencia del destino educacional y formativo, no obstante su carácter individual, la relación estructural de los recursos y aptitudes individuales que concurren en la construcción de un rendimiento intelectual se halla en cambio constante.
Sin embargo, aun los más acabados métodos educacionales no pueden convertir al niño deficiente mental en un individuo muy inteligente. Pero la escuela puede prestar una valiosa estructuración a la capacidad intelectual volviéndose hacia las funciones auxiliares: el poder de la imaginación se puede enriquecer, la memoria recibir entrenamiento y la fluidez lingüística ejercitarse; es posible activar el deseo de llegar a una meta, ensanchar el campo de intereses y adherir con mayor intensidad a los valores.
En todo caso, la escuela es capaz de hacer que las mentes jóvenes sean más ricas y más maduras, más independientes y más activas. En este sentido, el auxilio evolutivo y estructural que puede prestar tendría las trazas de una asistencia a la inteligencia.