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Hacia los referentes de paz

Por: Redacción 24/09/2013

Víctor Corcoba Herrero (opinion@epasa.com) / Escritor

Cada veintiuno de septiembre traemos la esperanza de un hábitat más humano, al celebrar el Día Internacional de la Paz como una jornada de cese al fuego y no violencia global. Naciones Unidas ha decretado que esta jornada se dedicara a reforzar los ideales armónicos por toda la faz del planeta. Un mundo que precisa modelos de referencia para reflexionar y romper con el círculo vicioso de la violencia. Tenemos que cultivar actitudes nuevas que tomen como referente una fructífera vida interior, para que pueda propiciarse una atmósfera de respeto, honestidad y cordialidad. Es necesario enseñar a los seres humanos a vivir sin armas, a tener otra mentalidad más fraterna, a cultivar la tolerancia y a decir no a la venganza. Tampoco se trata de encerrarse en uno mismo viviendo en la indiferencia, debemos ser ciudadanos de acción para que entre todos se active el entendimiento. El reciente anuncio del desmantelamiento del arsenal químico sirio, para el primer semestre de 2014, germina de esa pedagogía compasiva y solidaria que todos nos merecemos. Haya clemencia.

Hemos de aprender a convivir con los demás y por los demás. Es la gran asignatura pendiente. Aún no está en los planes curriculares de estudio. Debiera ser tan importante como aprender a leer o a escribir. Si viviéramos más interiormente, estoy seguro de que forjaríamos otro tipo de sociedad más justa, más incluyente, más pacífica, menos interesada en definitiva. Esta época nuestra, caracterizada por la aparición de conflictos globales, reclama un compromiso internacional concertado en la búsqueda de un desarrollo para todos. Hay que despojarse de esa mentalidad competitiva, que no conduce más que al egoísmo, lo que representa un peligro para la paz.

Los referentes de paz, sin duda, son una ética de fraternidad que nos hace más necesarios unos de otros. Es indispensable, pues, que las diversas culturas se inspiren en unos criterios de generosidad. Nada nos hace más daño que tolerar atentados y delitos contra las vidas humanas. Nada nos hace más desgraciados que permanecer pasivos y acostumbrarnos a convivir con esta salvaje realidad. Nada nos hace más ruines que soportar la muerte de tantos inocentes, con la huida de las responsabilidades. Efectivamente, cada agresión a la vida provoca inevitablemente deterioros comunes a toda la humanidad. De ahí, lo importante que es la adhesión universal de todos los Estados a los acuerdos.

Estoy convencido de que el único modo de crear una cultura universal de paz no es únicamente por la vía educativa, más todavía por la vía de los referentes. El desarme tiene que ser una referencia permanente. Las armas tienen que dejar de ser un negocio. No es la solución a nada. Es más un calvario. Un país que gasta más dinero en armas que en activar el estado social se acerca por sí mismo a la decadencia. Debemos salvar la evitable catástrofe final del juego peligroso de las armas. Su destierro tiene que ser posible. Porque la colaboración, el perdón, la reconciliación nos sensibilizan; en cambio, las armas todo lo destruyen sin piedad.

Evidentemente, para evitar fragmentaciones, el referente del diálogo sincero y comprensivo es fundamental. Cualquier solución negociada es más resolutiva que el lenguaje de las armas. No se puede desmembrar la humanidad financiando conflictos con recursos de todos. Tampoco es de recibo en una sociedad pensante reclutar niños para los ejércitos en lugar de estar matriculados en las escuelas. Nuestro afán y desvelo ha de ser la armonía, es nuestra misión centrarnos y concentrarnos en los derechos humanos, resolver las diferencias conversando. Así, pues, bienvenidas todas las conferencias de paz. Pienso que el mundo debería hacer causa común en devolver la tranquilidad al ser humano y en hacer realidad las innatas aspiraciones de ser gentes de paz. Bajo el referente de la sensatez se pueden liberar pueblos; vencerse a sí mismo de las contrariedades y buscar otros modos de caminar unidos.

Está visto que necesitamos agrandar nuestros esfuerzos por forjar una pacífica alianza entre la especie humana, fortaleciendo el espíritu fraternal con el raciocinio, mejorando la vida de nuestros semejantes como si fuera la propia. Abriguemos en nuestra alma los referentes de paz y comprometámonos a hacer todo lo que esté en nuestras manos porque esta paz de un día sea más que una tregua. Hay que ponerse manos a la obra, con el intelecto al servicio de las personas o la inteligencia -como dijo Antoine de Saint-Exupery- al servicio del amor.

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