default

¡Hacia una posición crítica!


Conciudadanos: Convertirnos en entusiastas seguidores autómatas de alguna autoridad gubernamental, por bueno que pueda ser su desempeño, significa corromper el talento y, tal vez, estropear lastimosamente el progreso de la Nación panameña. La postura de complaciente sumiso la hemos rechazado en todo momento, por cuanto no se compadece con una posición digna y viril, dicho así, sin jactancia, pero con retadora seguridad de que estamos realizando en el campo de la educación y el periodismo docente, lo que Panamá necesita en esta hora de su devenir como pueblo.

Lo expresado, sin duda, también es aplicable al sistema educativo como tal. Analicemos cualquiera de las políticas educativas contemporáneas o pretérita: encontraremos un esqueleto sustancial que llega a satisfacernos; pero muy pronto, cuando llegamos al detalle, vemos el montón de cosas superfluas con que los protagonistas en su momento quieren dar la apariencia de un sistema a lo que solo es un acopio de ideas sugestivas. En este sentido, conviene citar un comentario del profesor Francisco Céspedes sobre la realidad educativa nacional.

En su obra “La Educación en Panamá” el profesor Céspedes afirma lo siguiente: “El sistema panameño ha experimentado transformaciones que se advierten más en sus elementos externos que en su función esencial. Es de creer que muchos de los grandes cambios pregonados por los que en un momento dirigen la educación nacional nada cambian. La estrategia del cambio educativo es asunto que clama porque se estudie e investigue”. Observemos que este planteamiento del profesor Céspedes tiene tanta validez hoy como en 1981, fecha de la publicación del libro.

Pues bien: la misma tendencia existe en algunos entusiastas reformistas de la educación de hoy. Leamos con detención: meditemos en las páginas en que un político o un maestro devoto propone bellísimas cosas; pero aprendamos también a dudar, pasando cada una de esas páginas por el esclarecedor tamiz del cuestionamiento. No nos hagamos esclavos de una doctrina, sea ideológica, política o pedagógica, porque la obediencia ciega a la autoridad es, en lo intelectual, una práctica que entorpece el mejoramiento y el desarrollo. No nos hagamos esclavos de la forma de pensar de nuestra época. Lo actual solo tiene un valor privilegiado en el campo doctrinario del utilitarismo; pero desde un punto de vista conceptual, lo actual tiene tanto valor como lo pasado y tanto o menos valor que lo porvenir.

El mundo en que vivimos es solo una parte pequeñísima del mundo entero; la realidad que vivimos a diario es solo un fragmento infinitesimal de toda la realidad objetiva. El presente es precario y es engañoso: un espíritu que pretenda encarar apropiadamente los desafíos de la vida, tiene que recordar las experiencias del pasado y contemplar las perspectivas futuras, para poder actuar efectivamente en el presente.