Haití martirizado
Pareciera que sobre ese país sigue pesando la maldición de los 200 años. Ha tomado tiempo y sigue sin superar el ostracismo heredado tras su independencia, la primera ocurrida en América Latina, y después de la cual el mundo civilizado que representaba Francia lanzó sobre esa nación el telón del aislacionismo y el olvido, figura de castigo y racismo. Fue abandonado a su suerte, a la esclavitud retomada de las plantaciones, a la cultura de los zombies del vudú, a las torturas de los "ton ton macuté", a las persecuciones de las dictaduras de Papa Doc y Baby Doc Duvalier, a los recurrentes golpes de estado, y más recientemente a los estragos del cólera y de los desastres naturales.
Su inteligencia emigró y, como la diáspora, se esparció por distintos puntos del planeta. Haití es hoy un martirizado pedazo de África en el occidente, que de alguna manera ha realizado en los últimos años esfuerzos por asistirlo. Pero su reconstrucción no pasa por la mendacidad internacional, sino por el incentivo a su clase media y a su propia burguesía, para fortalecer su condición de clase dirigente, que en medio del drama ha sido incapaz de reconfigurar un mapa interno y ponerse a la cabeza de la solución de sus problemas nacionales.
No basta la ayuda de la ONU, si en lugar de apoyar a sus dirigentes se constituye en fuerza de imposición supranacional. Para quienes observamos con angustia la realidad haitiana es urgente que la clase dirigente de ese país asuma su papel, que se decida de una vez por todas a jugar el rol que le corresponde y no seguir en esa especie de situación vegetativa que solo levanta la lástima mundial.
