Hambre y monopolio
El hambre, como en su momento lo señaló el insigne Josué de Castro, constituye un verdadero síndrome, esto es la manifestación de una enfermedad, la que en este caso resulta letal. De acuerdo a la FAO una tercera parte de la mortalidad infantil global puede atribuirse al hambre, lo que significa que cada 37 segundos muere un niño en algún lugar del mundo a causa de la desnutrición.
Si recordamos que la mayor causa de inseguridad alimentaria es la falta de capacidad adquisitiva de las personas de escasos recursos, podemos detectar una de las principales causas del flagelo del hambre: el poder monopólico de un puñado de transnacionales. Teniendo en cuenta, tal como lo hace la teoría económica, que el control sobre el mercado de unas pocas empresas se expresa en altos precios y ganancias monopólicas, entonces resulta relevante destacar que de acuerdo a la FAO diez corporaciones transnacionales controlan actualmente el 80% del comercio de los alimentos básicos a nivel mundial, mientras que, de acuerdo con el profesor Enrique Javier Díaz Gutiérrez de la Universidad de León, tres transnacionales de la rama de los alimentos, Syngenta, DuPont y Cargill, controlan el 70% de la oferta global de los cereales. Por otra parte, habida cuenta de que una buena parte de las recientes alzas de los precios de los alimentos está vinculada al incremento del precio del petróleo, resulta importante destacar que, de acuerdo a analistas de este fenómeno, cerca del 60% por ciento de este aumento se debe a la especulación. En este caso aparecen como protagonistas principales los pesos pesados del sector financiero, entre los que se encuentran empresas tales como Goldman Sach y Morgan Stanley, entre otros.
Panamá, pese a todo el crecimiento económico recientemente publicitado por el ministro de Economía y Finanzas, no se encuentra excluido del flagelo del hambre. De acuerdo a la FAO ya antes de las últimas crisis alimentarias globales cerca de un 15% de la población panameña, esto es alrededor de medio millón de personas, se encontraban en condiciones de desnutrición. Más aún, según ese mismo organismo, el índice global del hambre alcanza en Panamá un valor de 7.9, lo que significa que este, con toda su ilusoria modernidad, no puede ser calificado como un país con bajo nivel de hambre, sino como uno con un nivel efectivo de hambre moderada. En este contexto dos factores merecen un comentario. En primer lugar, en nuestro país al impacto externo provocado por el alto grado de monopolio en los mercados de los alimentos se debe sumar el de un no menos elevado control del mercado interno por un puñado de importadores y distribuidores de alimentos. En segundo lugar, la política promovida por el ministerio de Economía y Finanzas que literalmente desprecia la producción interna de alimentos básicos, tiende a colocar al país en las manos de los consorcios monopólicos internacionales que dominan los mercados alimenticios. Frente a esta situación, que se agravaría con la firma del TPC, los sectores progresistas del país tenemos la obligación de reivindicar la idea de la seguridad y la soberanía alimentaria para todos.
