¿Hasta cuándo?

Por: Redacción 07/10/2017

Internado en la escuela preparatoria Assumption, que se semejaba a una enorme fortificación sobre una colina símil al Monte Saint Michel en la costa norte de Francia, aislada pero lindante, ubicada sobre el 670 West Boylston Street del sector de Greendale en la ciudad de Worcester de la mancomunidad de Massachusetts en Nueva Inglaterra, esa fría y borrascosa tarde de otoño me encontraba con el padre Joseph Fredette planificando las 21 medallas al mérito, requisitos para el grado de Águila, el más elevado en los Boy Scouts of America. "Jaime, quiero que se integre al Club de Rifle para aumentar su pericia y se haga acreedor a la medalla de tiro con rifle. Para ello tendrá que adquirir una carabina Winchester, calibre 22. Sus padres tendrán que firmar el formulario de aprobación y cancelar los $16, más $2 del costo de 3 cajas de 50 balas". Fuera de los fósiles rifles de reglamento M-1 de la Guardia Nacional, los únicos que había avistado de cerca en mis primeros 14 años eran aquellas oxidadas escopetas que portaban los cazadores en Chepo, cuya dieta variaba de la nuestra, escupiendo una que otra astilla de plomo al consumir las carnes de venado o saíno, presas harto comunes y abundantes en los bosques de la época. Así fue mi prólogo a las armas, algo tan natural para los norteamericanos como el pastel de manzana o el Juramento de Lealtad a la bandera.

Solo el 4% de los Boy Scouts logran el grado de Águila, que en realidad es un gran privilegio y honor, no solo porque obliga pericia en múltiples áreas, sino por la persistencia requerida y los años de trabajo que exige. Ya en la academia militar de Valley Forge durante mis verdores universitarios, logré obtener adjuntamente la medalla de experto en rifle de las fuerzas armadas americanas, resultado de profusas prácticas para perfeccionar el tino. Hasta allí llegó el guion. Ilustración, destreza y respeto. Nunca disparé contra un ser vivo, mucho menos se me pasó en mente hacerlo contra un humano. Es así como hoy puedo relatar sobre el tema con profundo conocimiento de causa. La Segunda Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, parte de la llamada Carta de Derechos, aprobada el 15 de diciembre de 1791, dictamina: "Siendo necesaria una Milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar Armas no será infringido". En síntesis, otorgando la atribución a la posesión de armas, ratificada el 28 de junio de 2010 por la Corte Suprema de Estados Unidos que sentenció en aquel momento que ninguna ley estatal o local puede restringir el derecho a poseer o portar armas que reconoce la Segunda Enmienda.

Dejando a un lado el consecuente formalismo legal y el propósito de los Padres Fundadores de los Estados Unidos en aquellos distantes momentos, a escasos 15 años de su independencia, en época que los arcabuces de pistón de un solo disparo eran la norma, casualmente en mis años como cadete me asocié transitoriamente a la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés), poderoso gremio que aglutina 5 millones de asociados. Es precisamente la NRA que ha financiado las campañas a políticos estadounidenses, senadores, representantes y presidentes, que favorecen su credo armamentista, candidatos republicanos en su mayoría autocalificados como "conservadores". ¿Conservadores de qué? De homicidios múltiples. Y la carnicería continúa. Solo en 2017, se suman 273 incidentes en los que 4 o más personas han resultado heridas o muertas en Estados Unidos. La cantidad de perecidos por año a la fecha totalizan 11 mil 698. Del 2001 al 2014 concretan 440 mil 95 personas que fallecieron víctimas de armas de fuego en suelo estadounidense mientras las muertes por actos de terrorismo sumaron 3,412. El país afronta aproximadamente una de estas masacres por día.

Justo el año pasado, la Asociación Nacional del Rifle publicó una serie de cuentos infantiles, buscando estimular el deseo de los niños por contar con sus propias armas. Caperucita Roja, Hansel y Gretel, entre otros, cuentan ya con nuevas versiones "armados hasta los dientes", dedicadas a un público lector, o a padres que deseen inculcar esa visión del mundo a sus hijos. ¡De espanto!

El asesino de la matanza de Las Vegas poseía 42 armas de fuego. ¡Cuarenta y dos! Cuando mi prima Lorena nos invitó recientemente a compartir unos días en su casa en San Antonio, Texas, destino turístico con su fascinante paseo del río, se sorprendió cuando le indiqué que no volveríamos más a Texas porque a partir del año pasado entró en vigor una nueva ley de portación abierta de armas de fuego. La ley permite que los texanos que tienen licencia para portar armas de manera oculta ahora porten sus armas en su funda, a plena vista, como en los tiempos del Viejo Oeste.

Por sanidad el momento de tratar este tema es hoy, ya, ¡pronto! Cuando un millonario de 64 años, sin historial psicótico ni delictivo, asesina 58 personas, hiriendo a 489 otros, y resulta en la peor matanza en serie en la historia de Estados Unidos, ha llegado el momento de enfrentar y tratar este tema, a pesar de que algunos argumentan que prefieren la libertad a la seguridad. ¡Descomunal demencia! ¿Hasta cuándo?

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