Hastiados de esperar soluciones
Para la gran mayoría de panameños que viven en las periferias de la ciudad capital, la vida ha pasado a ser una supervivencia.
Además de los problemas de servicios públicos como agua, luz, aseo y seguridad, hay uno que, si bien es cierto siempre los ha acompañado, ahora se ha agudizado y sin paliativos que ayuden a mitigarlo.
Los tranques y el transporte público son contratiempos que están traumatizando a las familias, que aunque tengan vehículos, no se escapan del estrés, que está ocasionando que nuestra sociedad se irrite ante lo mínimo y pierda la paciencia.
Quizás no ameriten estar en páginas informativas, pero los actos de agresión a conductores del metrobús, las riñas por accidentes menores o los casos de violencia doméstica son el pan nuestro de cada día, en parte atribuible al tormento que significa en estos momentos transitar por las calles de la urbe.
El tiempo con los seres queridos disminuye por salir más temprano, no para “chifear” el tranque, sino para llegar a tiempo al trabajo; desplazarse por los corredores da lo mismo que andar por las rutas normales, y los usuarios del transporte colectivo andan como sardinas en latas en metrobuses, los cuales tienen que esperar hasta por más de media hora para lograr abordarlos.
Es una situación incontrolable y que, a pesar del progreso anunciado, ha afectado significativamente la calidad de vida del panameño.
Y conscientes de esa realidad, todavía las respuestas de los encargados de encontrar soluciones alternas no se asoman por la avenida.
Por espacio de varios meses se dieron reuniones en las cuales hubo propuestas que jamás se han concretado. Hasta el presidente ha pedido que se encuentre una solución, porque en los próximos meses, la situación se pondrá peor, y sus palabras han caído más abajo que donde pasará el metro y nadie ha tomado una decisión que en verdad represente un alivio para el millón de habitantes que confluyen en la capital.
