Hay que decir siempre la verdad
El escándalo suscitado por las denuncias contra un magistrado de la Corte Suprema de Justicia pone de manifiesto la existencia de una cultura de mentiras en el país.
Y a tal grado de descomposición moral hemos llegado como sociedad que, entre los wikileaks que evidencian una metástasis en la clase política y los cables criollos que revelan una conspiración para deshacerse de una procuradora, a los panameños ya no nos sorprende nada y parecemos estar curados de espanto. Desde niño me inculcaron que para vivir una vida auténtica hay que decir siempre la verdad.
Mucho se habla ahora de ser sinceros, pero sin embargo hay personas que se ocultan en el anonimato y disfrazan los verdaderos móviles de sus actos. Nadie puede ser buen ciudadano si no es sincero consigo mismo y con los demás.
A veces nos da miedo la verdad porque puede ser exigente y comprometida.
En determinadas ocasiones nos complace emplear el disimulo, el pequeño engaño, la verdad a medias, la mentira misma; otras veces, sentimos la tentación de cambiar el nombre a los hechos o a las cosas para que no resulte estridente el decir la verdad tal como es. Pero en el fondo, la sinceridad es una virtud de primer orden.
Decir la verdad nos ayuda a reconocer nuestras faltas; nos hace estar siempre alerta ante la tentación de fabricarnos la verdad, de pretender que sea verdad lo que nos conviene. Las personas que no viven esta sinceridad radical tienen deformada su conciencia.
Para alcanzar esa sinceridad absoluta se recomienda la oración: pedir a un Poder Superior que nos permita ver nuestros errores, los defectos de carácter, y que nos dé fortaleza para reconocerlos como tales y valentía para pedir ayuda y eliminarlos. Igualmente, el examen de conciencia diario proporciona la dirección espiritual para decir toda la verdad y conocernos internamente. Con frecuencia nos ayudará a ser sinceros el decir en primer lugar aquello que más nos cuesta. Con la ayuda de la oración y de la autocrítica comprobaremos que uno de los frutos inmediatos de la sinceridad es la alegría y la paz del alma. Siempre hay que tratar de ser sinceros con uno mismo y con los demás.
Si no lo somos, nunca podremos tener una conciencia tranquila, que diferencie el bien del mal. Quienes nos rodean han de saber que somos personas veraces, que no mentimos ni engañamos jamás. Mi abuelo siempre nos decía que la palabra de un hombre tenía un valor mayor que una mera firma sobre un papel o un pacto cualquiera, y por eso lo respetaban.
Otra virtud de decir siempre la verdad es la lealtad. Nuestros amigos y las personas con las que nos relacionamos han de conocernos como hombres leales. La lealtad es un principio indispensable en la vida personal y en la vida social, y sobre ella descansan, por ejemplo, el matrimonio, el cumplimiento de los contratos y las actuaciones de los gobernantes.
Es lamentable que en Panamá abunden tantas figuras públicas y no públicas que les cuesta decir la verdad, cuando en esencia la verdad los haría libres. Los pueblos que tienen gobernantes, políticos, ministros, magistrados, jueces, funcionarios y ciudadanos mentirosos siempre terminan dando tumbos y rodando hacia el precipicio. Por amor mismo a la verdad y defender los intereses de la patria, debemos exigirnos dejar a un lado las mentiras y la tanda de desinformaciones y noticias sesgadas que enturbian las aguas y engañan a las personas.
La falta de sinceridad es evidente cuando nuestro proceder viene motivado por las pasiones y el materialismo, y acompañado de la vanidad, la sensualidad y el falso prestigio. Hay que buscar la verdad y exigirla cueste lo que cueste; sólo entonces se hará realidad la promesa de que la verdad nos hace libres. Y también hay que recordar a los mentirosos que podrán ocultarse por un tiempo, pero tarde o temprano la verdad sale a flote y pasa su factura en esta Tierra.
Empresario.
