Hombre, ambiente y el vínculo social
Todo ser vivo, en cuanto vivo, se halla inmerso en una esfera de fuerzas en las que su vida tiene sostén y gobierno y según el ritmo de los cuales la vida nace, se desarrolla y muere. También el hombre, en cuanto vive como ser orgánico, se encuentra en relación con estas fuerzas, que de ordinario se definen en su complejidad como leyes naturales, y toda vida humana está incluida en el ciclo de la “naturaleza”, en complejo dinamismo dentro del cual se inserta el nacer, el crecer y el morir de todo organismo.
Pero la vida del hombre no solo se halla en relación con la esfera natural, sino también inmersa en otro ambiente: frente al hombre no solo están los árboles, los mares y los cielos, y su vida no solo está marcada por la sucesión de los fenómenos naturales, sino más bien por la previsión de los acontecimientos, por la aparición de las metas, por la división de los días y de las estaciones según símbolos convencionales y acciones libres.
Frente al hombre no solo está la naturaleza, sino el mundo de la actividad humana que crea un segundo ambiente en el que el hombre se mueve y al que pertenece: la sociedad y la historia. Mientras el mundo de la naturaleza está regido por leyes necesarias, el mundo de las actividades humanas representa un conjunto ordenado de creaciones, en las que intervienen la inteligencia, es decir, la capacidad de entender, de definir y de relacionar, y la voluntad, vale decir, la capacidad de adecuar y de transformar.
Todas las cosas y los hechos, con los que a diario entramos en contacto; todos los términos, dentro de los que se desarrolla nuestra vida habitual, son acogidos por la actividad libre e inteligente del hombre, que tiene el poder de combinarse con las mismas fuerzas naturales al evocarlas a través de la reconstrucción que el pensamiento hace de ellas y al aplicarlas a sus propios usos y necesidades.
Por su actividad libre e inteligente, el hombre tiene el poder de explicar
y de ilustrar la naturaleza así como tiene el deber de crear, mediante el desarrollo de la propia vida, las realidades espirituales que nacen de las facultades propias del hombre: la ciencia, las instituciones sociales, las obras maestras del arte y de la técnica, productos de la libre facultad, perteneciente al hombre, de clarificar y ordenar con la inteligencia, y de modificar o producir con la voluntad.
Dada su naturaleza social, el hombre nunca puede actuar totalmente solo. Siempre lo hace dentro de un grupo humano, aunque sea muy reducido. Para subsistir, debe adaptarse irremisiblemente a la comunidad grupal de que forma parte. Pero, además de los seres que lo rodean y que son personas como él, desde el instante de nacer ya encuentran ciertas formaciones, ciertas estructuras, ciertos productos específicamente sociales, que fueron elaborados anteriormente por la vida en común. Estos hechos sociales, llamados productos del espíritu o productos culturales, son la lengua, la religión que etimológicamente significa lo que “liga”, los mitos, las costumbres, el derecho, el Estado, el arte, la ciencia, la técnica, etcétera.
En general, estos productos sociales consisten en modos de obrar, de pensar y de sentir exteriores al individuo, y se imponen a él con una fuerza de especie coercitiva. Así, por ejemplo, no podemos sustraernos a la acción compulsiva del idioma si queremos comunicarnos con los demás. Tampoco podemos sustraernos a las costumbres ni a las leyes que rigen al grupo social, que son su producto espiritual. Tanto el idioma como las leyes, como las costumbres, existen antes del nacimiento del individuo, antes de la integración del grupo.
Se trata de manera de obrar, de sentir y de pensar extra-individuales o supraindividuales. Estos productos del espíritu constituyen, como dejamos dicho, los lazos y los vínculos que mantienen la unidad social. Estos productos son carriles que el hombre encuentra ya hechos y entre los cuales se ve obligado a marchar, so pena de chocar con el contorno del grupo social y sufrir sus sanciones.
Pedagogo,escritor,diplomático.