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Honestidad en el diario quehacer


Lidia de Samudio (opinion@epasa.com) / Rotariana

La honestidad se enseña en casa mediante el discurso y el ejemplo. Nuestros padres se desviven orientándonos y nosotros a nuestros hijos en el valor de la honestidad. No obstante, está en nosotros seguirla, porque desde niños nos atrae la excitación de tomar lo ajeno o copiar un ejercicio sin ser descubiertos. Muchas veces no por el interés de lo obtenido, sino por la emoción y la sensación del éxito de nuestra habilidosa travesura. Por retar al miedo de hacer algo que sabemos está mal. El problema es que algunos no superan esa etapa. Se convierte en una costumbre decir mentiras, decir medias verdades, omitir la parte de la verdad que pudiera perjudicarnos.

Está en nosotros convencernos de que no se debe cruzar la raya y menos hacer de ello un hábito. En ese caso, la sensación que se siente es más pasiva, pero igualmente gratificante al saber que, pudiendo haber engañado, hemos hecho lo correcto. La honestidad se mide en el diario quehacer a grandes escalas y en pequeñitos detalles: en la forma de realizar nuestro trabajo. Lo podemos hacer honestamente dando todo de nosotros o, por el contrario, haciendo el mínimo esfuerzo para ser remunerado como el mejor.

Si nos dan un carro para diligencias del trabajo y mientras trabajamos paramos a recoger un amigo, a comer, a hacer compras en el vehículo ajeno y en el tiempo que te pagan, somos deshonestos. Si hacemos compras para la empresa y de paso recibimos un ‘incentivo’, este le corresponde a la empresa, no a nosotros.

No se trata de quedarnos o no con un ‘vuelto’, de llevarnos o no los útiles de la oficina para el uso de nuestros hijos en la escuela o de pasar e imprimir las tareas de ellos en el equipo y tiempo de la empresa. Es más profundo; es a conciencia ser y hacer con rectitud. Si al actuar en cierta forma, sentimos que nos daría vergüenza que alguien nos descubriera en lo que hacemos, somos deshonestos y desleales.

Si pensamos: “que no me vea el (la) novio (a) ahora mismo”; “que no pase un compañero de trabajo en este momento y se entere”; “si el jefe me descubre, qué pena”. ¡Escúchate! Nuestra conciencia nos lo hace saber siempre. Es uno mismo que se engaña para hacer lo que prefiere, y lo justifica con cualquier excusa. (Comisión Valores Club Rotario Panamá).

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Viernes 14 de agosto de 2026