Hugo Chávez:Crónica de una muerte anunciada
A media asta ondean las banderas venezolanas y de los países del Grupo del Alba por el fallecimiento del presidente Hugo Chávez Frías, en medio de expresiones populares de dolor y de testimonios de condolencias de presidentes, jefes de Estado y personas comunes y corrientes del mundo entero. Cuatro operaciones quirúrgicas y severos tratamientos de radioterapia y quimioterapia no pudieron frenar la proliferación del cáncer que fue minando el organismo de un hombre vigoroso de 58 años, jugador de béisbol en su juventud, dotado de energía para maratones de oratoria de seis o más horas y de frecuentes desplazamientos de viajero desde los llanos de su país natal hasta las riberas del golfo Pérsico.
La historia de las ciencias políticas tardará en resolver quién fue realmente el teniente coronel Hugo Chávez Frías, es decir, si el caudillo mesiánico amado por las masas y detestado por los imperialistas modelado por políticos y medios de su corriente política; o el despótico hombre fuerte que se deshizo de sus adversarios de la oligarquía y la alta clase media y manejó la exuberante economía petrolera como una caja registradora para ayudar a sus aliados. Cualquiera que sea el dictamen de la historia no queda duda de que Chávez fue un político que encarnó el antisistema. El repaso de la historia de la Venezuela del siglo veinte muestra diferencias de ideología y personalidad con antecesores como Juan Vicente Gómez, que reinó en una nación feudal por muchos años como si se tratara de un hato ganadero de su propiedad; o como el general Marco Pérez Jiménez que derrocó al novelista Rómulo Gallegos, también halagó con medidas de corte populista a los habitantes de los cerritos de Caracas, y logró el respaldo de las fuerzas armadas hasta que la nueva generación de oficiales le cerró el camino.
El 4 de febrero de 1992, Chávez entró de costado a la historia, protagonizando un intento de golpe de Estado contra el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. Encarcelado al fracasar el golpe, pareció en ese momento uno de los numerosos militares venezolanos en llegar al Palacio de Miraflores sin pagar la factura de los comicios. Pero remontó esa clasificación deplorable gracias al indulto decretado por Rafael Caldera. Aprovechó con audacia y astucia política la crisis interna de Acción Democrática y Copei para erigirse como el caudillo que esperaba Venezuela, desilusionada y fracturada por la corrupción y la ineficiencia del bipartidismo inaugurado por Rómulo Betancourt.
Fue así el primer caudillo ungido por el voto popular en las primeras elecciones de 2008. Con la fortaleza del 56.44% de la votación, Chávez se lanzó a cambiar Venezuela como ninguno de sus antecesores lo logró. Cambió la Constitución a través de una asamblea constituyente. En las elecciones del año 2000 repitió el plato. Aprovechando que mediante un referéndum es válida la reelección indefinida, obtuvo la hazaña electoral de un tercer periodo hasta que el cáncer se interpuso, impidiendo la toma de posesión prevista por la Constitución bolivariana.
Su muerte deja un entrampamiento constitucional sobre su posible sucesor en la presidencia. El transcurso del tiempo definirá las opciones reales de la continuación del movimiento que fundó a nivel nacional y continental. El tiempo determinará la perdurabilidad o el desvanecimiento del nuevo sistema de integración regional que ha dejado a la OEA en el cuarto de tratamiento de urgencias. El tiempo igualmente posibilitará la permanencia de la ayuda económica a los países bolivarianos que recibían el barril de crudo cotizado en el mercado por encima de los $100 al precio político de $40 pagadero a plazos con un interés de 1%.
De Julio César a Napoleón Bonaparte, los caudillos dejan un rastro de incertidumbre. De la lealtad continuista de sus discípulos y de las dimensiones de la oposición exacerbada por su muerte irán despegándose uno a uno los enigmas del porvenir.
El ministro de Defensa y algunos oficiales de las fuerzas armadas han alzado el puño izquierdo de los chavistas, en gestos de alineamiento político que parecen mostrar un ejército presuntamente politizado. A veces la pregonada lealtad militar dura tanto como un estornudo. Mientras tanto, los pobres siguen venerándolo como si fuera la reencarnación del doctor José Gregorio Hernández. Pero la devoción por el popular médico bendecido por el fervor popular es un mito, solo un mito.