Illueca: entre luces y sombras
Hace apenas un puñado de días la República perdió uno de sus mejores hombres, uno que creyó y amó este país con pasión e inteligencia; con la pasión y la inteligencia que son necesarias para comprender las obras humanas, en especial esas obras supremas que son la organización política y la compleja convivencia de las colectividades.
Las contribuciones de Jorge Illueca para darle prestancia y vocería internacional a nuestro Estado entroncan con las de honrosos precedentes. Al pensarlo se piensa en Morales, se recuerda a Alfaro, se evoca a esa pléyade de los constructores de nuestra flamante República, apuntalando su débil institucionalidad y la consustancial fragilidad de nuestras estructuras cívicas. Pues han sido los nuestros un Estado, una institucionalidad y una moral pública amenazados siempre por las mismas causas que nos dan singularidad histórica: desde fuera, nuestra posición geográfica y los intereses imperiales de antaño y hogaño; desde dentro, los intereses, voraces y mezquinos, de quienes han gobernado para su privativo usufructo, y la luchas cívicas de quienes a unos y a otros intereses han combatido en desigual combate.
De Panamá a Nueva York, de Nueva York al mundo, la voz de Jorge Illueca fue de aquellas persistentes en afirmar nuestros derechos y cautelarlos al amparo del Derecho, tanto en los duros tiempos maniqueos de la Guerra Fría como en los más enrevesados en los que ardimos, literalmente, al fenecer el siglo.
Consagrados por el bautismo de sangre del año 64, Illueca fue uno de los que se propusieron conquistar lo impensable, y no cejaron a fin de que la sangre derramada de nuestros mártires no lo fuera inútilmente.
Y no es que Illueca fuera inmune a las contradicciones de nuestra sociedad y al escabroso tiempo que le tocó en suerte. El juego de sombras de las postrimerías del noriegato lo alcanza como a tantos coetáneos suyos y acaso oscurezca –a juicio de algunos- sus créditos. La historia juzgará y nos dará un balance.
Terminó el hombre y sus trances y comienza ahora el prohombre. Su inteligencia sobre Panamá y el contexto mundial nos sigue siendo necesaria y por ello, es urgente mantener su pensamiento vivo.
En el caso de Illueca –como en el de De la Rosa y Tack para citar otros de semejante prosapia-, lo primero será reunir la dispersa obra de sus escritos. En ellos veremos retratadas muchas de las horas cruciales que dieron cumplimiento al viejo designio panameño de tener una patria sin quinta frontera.
La nación vive días oscuros. La politiquería está haciendo de nuestra República una caricatura, como el propio Illueca sentenciara con amargura. Mucha inteligencia y mucho civismo necesitamos para desfacer los graves entuertos de quienes están dilapidando lo que a otros costó sacrificios, luchas, muertes.
Revestidos de las mismas virtudes espartanas que Illueca también recomendara para la regeneración de las instituciones patrias, debemos alejarnos del individualismo feroz que está corroyéndolo todo; para que la nuestra no sea la nación envidiada por la altura de sus edificaciones, sino por estatura cívica de sus hombres.
Economista y docente universitario
