Improvisación
El gobierno de Juan Carlos Varela no encuentra el rumbo de la administración del Estado panameño. Una nueva decisión desacertada mantiene alarmados a los gremios económicos y comerciales del país y a los ciudadanos en términos generales.
Aumentar las pensiones y jubilaciones es un acto de justicia que nadie en su sano juicio en Panamá puede objetar. Lo cuestionable es que el Gobierno decida gravar con un nuevo impuesto un producto crucial para el movimiento de la economía nacional. Crear un nuevo impuesto al combustible generará una escalada de aumentos de precios en todos los sectores de la economía, que terminará golpeando duramente a los propios jubilados y pensionados.
En la economía pública y privada hay tantos sectores de lujo y exceso que perfectamente pudieron ser gravados sin que el grueso de la población sea afectado. Pero la falta de creatividad y visión de los panameñistas los llevó a tomar una decisión que asfixia a la población en general, en un momento en que empezaba a tomar un poco de aire con la caída internacional del costo del crudo. El argumento del Gobierno de que el nuevo impuesto no afectará a los panameños porque representa una ínfima parte de lo que representa la disminución no tiene ningún sentido. No hay nada más volátil en el mundo que el precio internacional del petróleo. Solo basta que los productores se pongan de acuerdo nuevamente para que la momentánea caída se convierta nuevamente en un alza desmedida.
Incluso los jubilados que están por encima del rango que cubre el aumento a las pensiones ($800 mensuales) serán perjudicados por el incremento del precio de la gasolina y de, seguramente, gran parte de las actividades económicas y productos del país. Se trata de una medida inconsulta, perjudicial e improcedente, propia de una administración gubernamental que está más preocupada en perseguir a sus adversarios políticos que en reactivar la alicaída economía del país.
Varela y su gobierno tenían una bonita oportunidad para sentar precedentes positivos en materia de administración pública y ahorrar en sectores en los que gastan escandalosamente para destinar ese dinero a suplir las necesidades de quienes merecen que la nación panameña haga lo que sea posible para garantizarles bienestar y salud en el ocaso de su vida.
Llama la atención que Varela y sus altos funcionarios realicen viajes sin control al extranjero y gastos superfluos que no encajan en su reiterada campaña electoral de controlar el gasto público. Prefirió golpear al pueblo que lo eligió, mantener los exagerados niveles de vida con fondos estatales y seguir con el nepotismo antes que amarrarse el cinturón.
Si el Gobierno pensaba que iba a recibir un respaldo mayoritario con la decisión que tomó, se equivocó. El común denominador de las reacciones se encuadra en el errático análisis de la situación económica nacional y el incumplimiento de otra de sus promesas de campaña: no crear nuevos impuestos. Al final de cuentas, ya no sabemos de qué nos sorprendemos, si Varela nos tiene acostumbrados a sus mentiras y a su cuestionado estilo de gobierno lento e ineficiente.