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Indagación sociológica del Chavo del Ocho

Por: Redacción 09/12/2014

 

La desaparición de Roberto Gómez Bolaños estimula análisis sociológicos y semiológicos sobre lo que representó en el mundo del espectáculo. La primera indagación nos remite a inquirir por qué razones el Chavo del Ocho recuperó la audiencia latinoamericana que la cinematografía mexicana había perdido. Las producciones cinematográficas mexicanas dominaron la audiencia de los países latinoamericanos reproduciendo estereotipos urbanos y rurales que nos remitían a melodramas sobre la desestructuración de las familias de clase urbana y de reencuentro con episodios de la revolución de Zapata y Pancho Villa y de la vida campesina. Infidelidades, machismo, vecindarios devastados por propietarios deshumanizados, ladronzuelos y prostitutas construyeron la materia prima de guiones basados en una decadente sociología urbana. Sara García provocó las copiosas lágrimas de abuelas gemebundas estragadas por maridos pérfidos como Carlos López Monctezuma, hijas a la búsqueda de la identidad civil de sus retoños –Libertad Lamarque, Marga López, Elsa Aguirre – y galanes que se balanceaban entre el empleo intermitente y el forado de cajas fuertes como salida emergente a la pobreza –David Silva. Emilio Tuero.

Paralelamente, el cine azteca alternó esquemas de un charrismo exacerbado por la violencia y el tequila en el que cantina, balazos, ferias, y cantantes de Jalisco elaboraron un espacio que terminó agotándose, no obstante el vedetismo deslumbrador de Tito Guizar, Jorge Negrete, Pedro Infante, Tony Aguilar. Escenas de films de la revolución captadas al aire libre, entre milpas y magueyes, por el gran fotógrafo en blanco y negro Gabriel Figueroa, bajo la dirección del Indio Fernández, y Roberto Gabaldón, reforzado por el protagonismo histriónico de Pedro Armendáriz, María Félix, Dolores del Río.

Entre los años cuarenta y sesenta se sustentó el apogeo de los lugares comunes de la cinematografía mexicana, diseminando mensajes desoladores de machismo, alcoholismo y guitarreos, ausentes de ética y coherencia social. Roberto Gómez Bolaños escribió innumerables guiones de películas de clase B rodadas en los estudios Churubusco con bajos presupuestos. A pesar del mercantilismo taquillero de aquella época que fue de oro y después de cobre, Gómez Bolaños acumuló grandes experiencias como guionista, actor, productor, que años después vertió con la serialización del Chavo del Ocho. Intuyó que su deber consistía en crear personajes de una paupérrima vecindad urbana que destilaran mensajes sociales y morales en contraposición a la producción histórica bañada de violencia. Detrás de la comicidad; más allá de la superficie caracterológica del Chavo, Kiko, doña Florinda, la Chilindrina, el profesor Girafales, Don Ramón, y los otros comediantes de la farsa contemporánea, latió un dechado de bondad, piedad, solidaridad con los de abajo que no llegó a escribir el novelista Mariano Azuela.

Esta corrección de los valores éticos fundamentales de la convivencia social forjó la recuperación de la audiencia latinoamericana. Toda la vitalidad paradojal que exhaló el Chavo del Ocho nos lleva a meditar sobre las raíces de la violencia que parece carcomer las bases constitutivas de la república mexicana. El Chavo solo tuvo un barril como morada. Pero su riqueza es moral. Nadie conocía quiénes eran sus padres. Nadie en la vecindad estaba al tanto de su origen. Era el blanco invariable de culpas y afrentas: pero, al final de cuentas, ese pequeño, desaliñado ser humano tuvo siempre la razón. Encarna la justicia, la ética, la solidaridad innata de los que poco tienen en materia de bienes materiales. En cada pobre latinoamericano late intrínsecamente un chavo del Ocho, en las favelas de Brasil, en las callampas de Chile, en las villas miserias de Buenos Aires, en los precaristas de Panamá, anhelantes de reconocimiento en una sociedad convulsionada por las desigualdades y el crimen organizado.

Pienso que hay un matiz filosófico en el Chavo del Ocho. El dramaturgo rumano Eugene Ionesco en la obra “Esperando a Godot”, tiene un personaje que vive dentro de un barril. Está esperando la llegada de Godot, ser enigmático que puede ser la justicia, la identidad social, la esperanza, o Dios.

Hollywood concibe Superman, héroes enmascarados de murciélagos, Hulk y una vasta, abominable legión de depredadores tecnológicos. México, tan cerca de Estados Unidos y ahora tan lejos de Dios, puede reemprender el camino de la salvación moral que encarna, aunque no lo crean, el Chavo del Ocho. La lectura en profundidad de las criaturas engendradas por el talento mechado de caridad humana de Roberto Gómez Bolaños nos conduce a reflexionar acerca de una segunda lectura cual si los libretos forman una especie de evangelio civil. Antes fueron evangelistas un grupo de humildes pescadores del mar de Galilea. Los mensajes no provienen a menudo de ideólogos, teólogos, sociólogos, semiólogos y otros logos eruditos. Parten de los humildes para poder llegar a los humildes.

Quién sabe si los 43 estudiantes desaparecidos son los redentores que requerían nuevos y crueles sacrificios para llevar nuevas luces a la sociedad mexicana. Pienso que estas muertes, como los estudiantes masacrados en Tlatelolco, o antes los prisioneros de guerra mutilados en las pirámides aztecas, escriben los mensajes de la gran renovación de México y América Latina.

Las lecciones de Roberto Gómez Bolaños –riendo y educando –hay que leerlas descifrando claves ocultas para entender su enorme significación para el porvenir de los pueblos americanos.

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Jueves 6 de agosto de 2026