Inexperiencia y buenas intenciones
Generalmente a los nuevos gobiernos les toma un año o año y medio sacudirse de la efervescencia electoral y de toda la animosidad que ello implica. En los primeros meses gran parte de sus integrantes creen que su trabajo debe favorecer sólo a sus copartidarios o simpatizantes. A la oposición la apartan o la tratan con gran rigurosidad, hasta que llegado el momento se percatan que, como gobierno, están frente a un país en el que se debe responder por todos los ciudadanos; que no se trata, únicamente, de un triunfo electoral sino de la enorme responsabilidad que se asume. Entonces comienzan a dimensionar el tamaño del reto. Pero mientras llega ese momento, varios son los temas que se manejan con poca o menos experiencia de la que se debe tener para atender las cuestiones de Estado. En ocasiones no se establecen diferencias entre aquellas leyes cuya aplicación es mecánica por tratarse de asuntos estrictamente administrativos, y otras que afectan, por ejemplo, la cuestión social, y donde su aplicación depende más de la consulta y del diálogo, que de la fuerza y la autoridad. Asimismo, la oposición en los primeros días del gobierno que le ha vencido, olvida la crítica constructiva y, lanza en ristre, convierte su discurso en un ataque permanente. Si eso no se detiene, si no hay una disposición para ponerse de acuerdo y enfrentar responsablemente los retos que tiene el país, sobreviene inexorablemente una polarización de la que todos se lamentarán después, y de la que Panamá ya tiene amargas experiencias.
