Instituto
El Instituto Nacional fue creado en cumplimiento de la Ley 22 de 1907 como un sustantivo aporte estatal para la formación de los panameños de las nuevas generaciones que tendrían a su cargo la conducción del país. Se organizó originalmente en dos ciclos: uno preparatorio, de tres años de educación secundaria, y uno superior, de dos años de especialización para seguir la carrera comercial, la educativa, la de humanidades y la de técnica de ingenieros y arquitectos. En el discurso inaugural, el secretario de Instrucción Pública, Eusebio Morales, enfatizó que el Gobierno no ha tenido en sus miras la creación del Instituto Nacional “con fines sectarios. Esta no es una institución de combate, sino un centro docente” que aspira a que “sea un campo abierto a las ideas grandes, generosas y nobles, a que los jóvenes reciban un bautismo de tolerancia, para que puedan surgir de entre ellos los observadores asiduos, los investigadores pacientes y sagaces y los pensadores valerosos y apasionados. Bajo la enseñanza del primer rector Justo A. Facio, de José D. Moscote y Octavio Méndez Pereira, se educaron prestigiosas generaciones de egresados, algunos de los cuales fueron presidentes de la República, ministros, parlamentarios, profesionales de primer nivel al servicio.
El Instituto fue la primera sede de la Universidad de Panamá. El edificio, de arquitectura neoclásica, acogió en 1939 la reunión de los cancilleres de América Latina y de la conferencia de ministros y educadores del continente. Por estos ilustres antecedentes, fue proclamado monumento histórico. De sus aulas emergieron jóvenes estudiantes que defendieron la intangibilidad del pabellón, ofrendando vidas en jornadas históricas. Sin embargo, en los últimos años empezó a declinar porque la enseñanza superior pasó a la Universidad de Panamá a partir de su fundación en 1935 y a otros centros educativos oficiales y particulares. Enfrentó dificultades de diverso orden para poder mantener el nivel de excelencia educativa, y los ministros de Educación lo trataron como un plantel más.
Con el transcurso del tiempo, no ha hecho noticia por las conferencias dictadas por notables intelectuales nacionales e internacionales, sino por actos de violencia. Los trabajos de investigación de los alumnos no han alcanzado la jerarquía académica de antaño. Grupos de estudiantes salen a la calle para expresar protestas que derivan en lanzamientos de piedras contra vehículos y otros desmanes vandálicos.
En resguardo de la protección de la integridad física de los 4,010 centros educativos, el Ministerio de Educación dictó medidas de seguridad de orden general. Pero la incursión policial en el local para defender el monumento histórico de posibles consecuencias de artefactos explosivos se interpretó como una acción dirigida contra los institutores. El decreto ha sido derogado para impedir otra paralización de las clases. Algunos elementos vinculados en el pasado a la dictadura militar catalogaron el decreto como de “espionaje y militarización”.
Los locales de los más de cuatro mil colegios son bienes públicos que necesitan otras formas de protección contra robos y deterioros, a instrumentarse una vez se aquieten temperamentos proclives a promover disturbios. El Instituto Nacional demanda una renovación educativa objetiva para recuperar y mantener los blasones pedagógicos de su creación.