Instruirse en la humanidad
Nadie me negará que la migración internacional ha crecido de manera notable desde el comienzo de este siglo y se calcula, según Naciones Unidas, que en la actualidad unos 232 millones de personas buscan en países distintos al suyo nuevas oportunidades de mejorar su vida y desarrollar sus conocimientos.
Lo cruel de todo esto es que aún no nos sentimos familia y así resulta muy complicado hacer realidad las aspiraciones humanas de dignidad, seguridad y de un futuro esperanzador para todos.
Lo cierto es que nos instruyen para la competitividad en lugar de enseñarnos a tomar conciencia de la cultura moral, como el respeto a toda vida y el sentido del auténtico bien colectivo como hermanamiento.
Emigrantes y refugiados no son seres por destruir, son seres por renacer, seres a los que hay que ayudar, más que con políticas, con poéticas del alma, y lejos de rechazarles, valorar lo positivo de su movimiento, el coraje para salir de la miseria.
Resulta alentador para el planeta la inestimable solidaridad de algunas organizaciones en luchar contra el tráfico de seres humanos, ayudando a las víctimas de este reprochable comercio a recobrar su libertad y dignidad. Indudablemente, todos necesitamos algún tipo de apoyo, de auxilio; por esto, entiendo, que ha de ser uno de los valores fundamentales y universales en que deberían basarse las relaciones entre los pueblos en los próximos años. Quizás, por este motivo, la Asamblea General decidió proclamar el 20 de diciembre de cada año como Día Internacional de la Solidaridad Humana, dado el imparable aumento de la interdependencia mundial.
A mi juicio, una sociedad no estará instruida en humanidad sino ha tomado como un valor social la entrega a su semejante.
La solidaridad no es una disposición más, tampoco una actitud limosnera, es una manera de entender la vida, desde sus genes de familia humana hasta un modo de quererse, de amarse, de donarse en definitiva, sin otra visión que la satisfacción del deber cumplido, puesto que hemos de volver a la centralidad del ser humano, a través de una visión más auténtica de relaciones más hermanadas, sin el temor de perder nada y sí de ganar vidas humanas, que es de lo que se trata, para mejorar nuestro propio camino, sintiéndonos acompañados.
Escritor