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Invasión: 20 de diciembre de 1989


Gabriel D’Annunzio Rosanía V. (opinion@epasa.com) / Abogado y locutor.

Se dice que la historia la escriben los vencedores y los que tienen influencias, sin embargo, la historia puede ser revisada en función de la verdad, la tecnología y las evidencias, de manera que la “historia oficial” debe o puede ceder ante la “historia no oficial”. No hablo en función de qué lado de la historia una persona esté, o cuáles sean sus intereses creados que necesite proteger o satisfacer, o las simpatías y los gustos que no quiera perder, sino más bien que debemos ser buscadores y difusores de la verdad histórica, aunque no nos guste lo que encontremos.

Hay quienes han sido idealizados (por ejemplo cierto caudillo a pesar de los registros históricos sobre sus ultrajes y pillajes) y hay quienes han sido satanizados (por ejemplo Adolfo Hitler, por haber aniquilado a 6 millones de judíos, pero de Joseph Stalin, que tiene a su haber la "mención" de ser el mayor asesino de la historia, por la muerte de 40 millones de personas bajo su gobierno, sin embargo, en la historia oficial no se le sataniza tanto como a Hitler).

En nuestra cultura hemos llegado al colmo del desconocimiento y manipulación de la verdad histórica, y solo nos circunscribimos a hablar mal de los demás, hasta el punto de que los medios de comunicación social se han convertido en las letrinas de las deposiciones fétidas emocionales de muchas personas que no han tratado ni superado asuntos propios de su madurez, temperamento, personalidad y carácter. La historia de Panamá es una sola, y, si nos preciamos de llamarnos veraces y objetivos, no podemos hablar de ella parcialmente. Si hablo de un aspecto de ella, debo mencionar todo, o tratar de mencionarlo todo sin colores, sin maquillajes, sin manipulaciones, sin tergiversaciones.

El 20 de diciembre es una fecha funesta por la cantidad de muerte y destrucción.

Por ejemplo, recuerdo el relato sobre unos esposos, una pareja decente y trabajadora de Colón, que salieron a cuidar su negocio, ubicado en la ciudad de Colón, pero fueron acribillados por soldados invasores, y, así, sucesivamente, todo propiciado por el fracaso de los panameños por no ponernos de acuerdo y no respetar los valores propios de un Estado Democrático de Derecho.

La dictadura cívico militar le declaró la guerra a los Estados Unidos de América, y esto trajo como consecuencia la invasión norteamericana, aunque podemos mencionar otras causas, algunas demostrables y, otras, resultado de nuestras especulaciones. Parece que Panamá fue el laboratorio de las armas y las estrategias militares que luego fueron utilizadas en guerras posteriores.

Esta dictadura tenía que ser desmantelada, pero no de la forma desproporcionada como lo fue, porque era bien sencillo desalojar del poder y capturar al principal cabecilla de esta dictadura, y al séquito de sus colaboradores (muchos de los cuales hoy hablan en contra de la corrupción y a favor de la justicia y la democracia).

Además, los principales responsables directos de esta invasión quedaron impunes por ahí, algunos en el exilio y otros cuidados en cárceles especiales, mientras que el país se debatía en una crisis de estabilidad, identidad y unidad.

¡Qué fácil y cómodo para muchos, ahora, es olvidarse de su “comandante en jefe” y decir de este que es malo, pero, entonces, gritaban con él “¡Ni un paso atrás!”.

Si no saben dejar de hablar mal del gobierno actual, pues les exhorto a que no hablen mal de un solo gobierno, sino de todos, (aunque en vez de hablar mal hay que orar por los gobiernos), porque todos tienen responsabilidad de cómo se ha escrito y construido la historia patria, pero también hablemos de todos los habitantes, porque todos también somos responsables, de una forma u otra, de la condición de la nación.

Es antihistórico y antipedagógico lavar, ignorar y desconocer mis culpas y las culpas de los sujetos y objeto de mi afecto, so pretexto de culpar a los demás y a los que no son sujetos u objeto de mi afecto.

Abogado y locutor.

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Lunes 17 de agosto de 2026