¡Irónica justicia!
Cinco de la tarde de un viernes cualquiera. Dos autos colisionan en pleno centro de la ciudad, uno de los conductores manejaba a exceso de velocidad un automóvil que no era de su propiedad.
El automóvil había sido entregado por una arrendadora a un taller para ser reparado y sin explicación los dueños del taller se lo alquilan a este ciudadano con antecedentes judiciales.
Al verse involucrado en tremendo problema el sujeto se pone violento y golpea al hijo del conductor del vehículo afectado frente a la mirada de varios policías.
Después de levantarse el parte policivo de la colisión, deciden denunciar por lesiones personales al agresor.
Es allí donde inicia una historia impensable en estos tiempos modernos.
Una vez en la estación policial, el afectado presenta la denuncia y por los golpes es remitido a medicatura forense que debe certificar las lesiones.
El denunciante es esposado y al igual que el agresor son transportados en la misma patrulla a medicatura forense.
Tras la revisión médica son nuevamente trasladados esposados a un juzgado nocturno pasadas las once de la noche. Por razones desconocidas la jueza de turno no se apareció al juzgado y el denunciante es llevado junto a su agresor a una celda preventiva.
En la celda habían toda clase de delincuentes comunes, durante todo este tiempo el agresor no hizo más que amenazar al afectado.
Pasadas las tres de la madrugada y ante la ausencia de la jueza de turno, deciden aplazar la audiencia y citarlos para otro día.
Tras varias amenazas de muerte y pagar una multa de 30 dólares, la parte afectada no tiene más remedio que resignarse.
Esta historia real deja muchas dudas sobre la eficiencia de la justicia. La lógica diría que se debe proteger a las víctimas y no ponerlas a convivir con los agresores.
