J. F. Kennedy en el alma de América
Con la muerte de John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, en Dallas, desapareció del escenario mundial uno de los más altos valores intelectuales y morales del siglo XX. Hablar del trigésimo quinto presidente de Estados Unidos es hablar no solo del político, del estadista, del sociólogo, del escritor... es hablar también del adalid de la democracia, justicia y libertad.
Un hombre comprometido con el progreso y la integración económica de las naciones, que jamás utilizó el poder del átomo ni la fuerza del Ejército para avasallar a los países más pequeños, sino que los puso con sabiduría al servicio de la Humanidad. Por eso, su asesinato causó un profundo vacío, porque se apagó una lámpara que nunca permaneció escondida en la Casa Blanca.
Su principal misión fue llevar esperanza y alivio al dolor de tantos campesinos y pobres irredentos, que no tenían una luz que alumbrara las tinieblas de su pobreza y miseria. Él mismo expresó en una ocasión que los habitantes de América estaban esparcidos en un continente grande y rico, pero que llevaban vidas de una miseria desesperante y había que darles esperanzas de una vida mejor para ellos y sus hijos.
Su altruismo llegó a los más recónditos pueblos de América Latina con su programa humanitario: la Alianza para el Progreso (ALPRO), materializado en Punta del Este en agosto de 1961, y a cuya paternidad renunció para no herir la susceptibilidad de sus adversarios, al expresar que “no era un programa de los Estados Unidos para ayudar a América Latina, sino un programa de la América Latina para ayudarse a sí misma”. Muchos fuimos beneficiados con este programa, no solo con la leche Care, sino también con libros de textos que mezclados con el humo del fogón, guaricha y mosquitos, nos enseñaron las primeras lecciones de Español, Matemáticas, Historia, Geografía, Estudios Sociales, porque Kennedy fue un "sembrador" de escuelas.
Él fue también amigo, maestro y guía. Allí donde lo necesitaron los gobernantes, allí se hacía presente en el lugar que fuera y a la hora que estuviera dispuesto para dar un consejo. Por eso su voz quedará como un relámpago en la conciencia de los hombres, principalmente en las que olvidaron la premisa básica de esta plataforma socioeconómica: "el capital humano es la principal riqueza de una Nación y todas las demás riquezas deben estar supeditadas a ella".
En esta nueva era podemos comprender -48 años después- que perdimos algo con la muerte de John F. Kennedy, pero sus ideales permanecerán por muchos lustros en el corazón y la grandeza de América.
Docente-Correctora.
