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José Martí, el apóstol
Precursor del modernismo iberoamericano en plena adolescencia. Distintos géneros de la literatura, colmadas de lírica brillante y emotiva, esencialmente en el infinito amor a la Patria, constituyen su parnaso. Nace el 28 de enero de 1853. “El Diablo Cojuelo”, “La Patria Libre”, “Abdala” recogen sus primeras letras. “¡Oh, que dulce es morir cuando se muere luchando audaz por definir la Patria!”. Cuando se refiere a los ocho estudiantes de medicina fusilados por el colonialismo. Por su posición viril ante el crimen, es condenado a presidio y trabajo forzado. Aquella experiencia dio origen a su hermoso alegato “El presidio político en Cuba”, con 17 años de edad.
Deportado a España, inicia los estudios universitarios, y en la península continúa el propósito político que marcará su vida, “La República Española ante la Revolución Cubana”. El próximo destino, México. Su pluma eminentemente criolla consagra nuestra etnia original en aquél escenario, a los que considera infinita inteligencia y capacidad para juzgar, por el desarrollo alcanzado en sus civilizaciones anteriores, y sin los cuales, no se podrá concebir el verdadero e integral progreso de la gran familia latinoamericana.
En el país azteca realiza una extensa y profunda actividad literaria, política y social. Entre los poetas e intelectuales, le canta a una hermosa mexicana, Rosario de la Peña:
“En ti pensaba yo, y en tus cabellos
Que el mundo de la sombra envidiaría.
Y puse un punto de mi vida en ellos,
Y quise yo soñar que tú eres mía.
Participa en distintas instituciones de intelectuales y dirigentes obreros. Colabora con el periódico El Socialista. Asume el poder Porfirio Díaz. Martí, en su largo destierro, viaja a Centroamérica, donde continúa con las mismas connotaciones políticas y revolucionarias, incluso educativas. Nuevamente produce un hermoso poema: “La Niña de Guatemala”.
“Dicen que murió de frío,
yo sé que murió de amor”.
En Centroamérica conoce del Pacto de Zanjón, que paraliza la lucha por la independencia, y escribe a su amigo Manuel Mercado: “…no a ser mártir pueril, a trabajar para los míos, fortificarme para la lucha, voy a Cuba”.
En suelo patrio no desmaya ni teme al colonizador ante su pueblo que lo aclama, enarbola la lucha por la independencia y nuevamente es deportado. Escapa a Francia, continúa a Nueva York.
En territorio norteamericano ya preconiza la “guerra justa y necesaria”, y crea el Partido Revolucionario Cubano. Consolida los preparativos insurreccionales y desembarca en el Oriente cubano, junto al ejército mambí. Deja su último mensaje: “…impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extienda por las Antillas los Estados Unidos, y caigan con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América”.
Arquitecto