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Jóvenes asesinos


La saña con que actúan los delincuentes en Panamá no tiene límites. Ya el ánimo de despojar a otras personas de sus pertenencias no es su principal interés, ahora simplemente salen a la calle a matar.

A mediados de la semana que termina, tres muchachos encapuchados irrumpieron en la residencia de un piloto de aviación en San Antonio y sin mayores motivos le dispararon cuatro veces en la cabeza frente a su familia.

De nada sirvieron las súplicas solicitando clemencia; estos bárbaros salieron decididos a terminar con la vida del primero que se cruzara en su camino.

Una vecina relató a la televisión que vio cómo tres jovencitos, que describió como casi niños, merodeaban la residencia del infortunado, pero dijo que nunca pensó que fueran capaces de cometer semejante atrocidad.

Cuán equivocada estaba, muchos de nuestros jóvenes, a su corta edad, son ya casi monstruos insensibles que no tienen el más mínimo respeto por la vida.

El caso de San Antonio es apenas un ejemplo de una situación que se repite constantemente en nuestra sociedad.

El piloto acribillado brutalmente frente a sus seres queridos no debe ser uno más en la lista de panameños trabajadores que tuvieron la mala suerte de toparse un día con un grupo de desalmados.

La sociedad panameña no debe perder su capacidad de indignación ante estos crímenes. El día que veamos estas desviaciones como algo cotidiano, estaremos condenando a nuestros hijos a heredar un país descompuesto, con altos niveles de violencia.

Ese es el peor peligro que enfrentamos como sociedad. ¡No, y mil veces no!, ese no es el Panamá que queremos y esos salvajes que mataron a ese padre de familia no representan tampoco a nuestra juventud.

La seguridad es una tarea colectiva y empieza en el seno familiar. Seguramente esos jóvenes asesinos son víctimas del abandono de sus padres y del olvido del Estado. La saña con que atacan a sus víctimas denota que tienen un profundo resentimiento social, acumulado durante años.