default

Juan de Dios, recuerdos de un colono salvadoreño

Por: Redacción 25/07/2017

En 1983, técnicos del Ministerio de Agricultura y Ganaderia de El Salvador, MAG, y del CATIE con sede en Costa Rica, en conjunto con campesinos del occidente del país, desarrollaron a prueba y error, los viveros comunales. Su objetivo, probar y difundir especies de árboles de rápido crecimiento que pronto diesen madera, leña, carbón y postes. Para 1987 habían 80 viveros en el país, con participación de 5600 campesinos quienes produjeron y plantaron 1.9 millones de arbolitos.

El Catie me encomendó evaluar los aspectos sociales del proyecto. Era 1988, octavo año de la guerra civil y del proceso de reforma agraria. Para palpar de primera mano la realidad de este proyecto forestal y seleccionar una muestra de campesinos y técnicos para entrevistarlos, acerca de su participación en los viveros, recorrí el país a saliente y poniente, a norte y sur. Entrevisté minifundistas, finateros o excolonos de haciendas intervenidas por la Financiera Nacional de Tierras (FINATA) y cooperativistas de empresas agroexportadoras expropiadas por el Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria (ISTA).

Juan de Dios Acuña había sido durante la mayor parte de su vida colono de la hacienda San Jacinto, departamento de Santa Ana. Al expropiar Finata, esta hacienda, y vender las tierras a los colonos, Juan de Dios adquirió unas cuantas manzanas y pasó a ser Finatero. Fue de los primeros en participar en el vivero comunal.

El conflicto había transformado el paisaje físico, lingüístico, cultural y sicológico. Por ser el lanzacohetes RPG un arma favorita de la guerrilla, surgió el término ‘errepejear, destruir algo o alguien de un cohetazo. El salvadoreño alegre, conversón y bromista, habíase tornado recatado, cauteloso y desconfiado. Antes de salir al campo mi amigo Francisco solía advertirme: ‘Aquí donde hay tanta gente armada y predispuestas a usarlas, hay que andarse con cuidado al contactar la gente para cambiar actitudes y tecnologías’.

Salir al campo era jugarse la vida. Humberto, uno de mis contrapartes, regresaba en un jeep oficial de un vivero. Lo ataja la guerrilla. Al suelo lo tiran boca abajo. Le ponen una bota al cuello y el cañón de un fusil en la cabeza. Grita uno ‘¿Quien sos vos jueputa'? ¿Por qué estás con el gobierno? Humberto llora e implora ‘No me maten, tengo familia’. Otro ruge ‘maten ese jueputa’. Súbito se acerca otro y con voz de mando dice ‘déjenlo ir, después del triunfo vamos a necesitar a esta gente’.

Volvamos a Juan de Dios.

“Nací en 1925. Ando patiando los 74 años. Soy viudo, tengo un hijo que vive en esa casita. Leer no sé. En ese tiempo, cuando era niño, no había civilización de escuelas. Nací en Santa Ana en un barrio. A la edad de ocho años loj salimos de la ciudad y loj pasamos a Cutumai. Nos venimos de Cotumai para San Jacinto a trabajar la tierra. Mi papá había muerto, me vine solo con mi mamá y hermano. Esto era hacienda. Todavía es hacienda pero está finateada una parte. Aquí se sembraba milpa. Trabajé de cuma deserbando milpa, guataleo. Cipotillo de 11 años me vine para la hacienda, por obligación. Era jornalero de la hacienda. Era colón, vivía uno en la hacienda con la obligación de ir a trabajar a lo que la hacienda lo mandara a uno: cercar, guatalear milpa”.

“Un hermano era colón porque yo estaba cipote. A mi hermano le dieron un solar para la casa y una tierra para hacer la milpa, unas 30 tareas. Como ya iba creciendo ya me daba trabajo la hacienda de cuma. Entonces tomé obligación propia miya como colón. Eso ya fue como en el año 50. Me dieron mi casa aparte. Ya tenía señora. Yo fui a la hacienda y le pedí al mandador que me diera donde vivir para acolonarme. El dueño se llamaba Don David Escobar. Al mandador le pedí porque Don David en Santa Ana vivía. Entonces, me dijo: ‘como no, usted busque ónde y ahora haga su casa’. Aquí donde estoy hice mi casa desde 1950. Fui colón y estaba arrimado con el hermano desde el 1936. Aquí yo vine niño y me hice canoso”.

“Del 36 para acá he trabajado milpitas, maicillo, en esta tierra que todavía estoy trabajando. Esta tierra me la alquilaban. Al principio se pagaba terraje de maíz, a arroba por tareya. Después entramos a pagar en dinero, así ordenó el patrón. A cinco colones la tareya. Yo aquí tengo una manzana y un cuarto, son 20 tareyas de a doce. A veces la hacienda nos mandaba a las fincas del dueño a cortar café en el volcán. En ese tiempo cuando nosotros venimos solo como seis colonos habiya. Después se fue llenando de gente la hacienda, como cien colonos. Hoy somos como 77 finateros aquí en esta hacienda.” 

Antropólogo

Edición Impresa

Miércoles 15 de julio de 2026