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Judío soy


En realidad no lo soy, pero bien pude serlo. Igual que tú, que él y que aquél. Entonces, ¿A razón de qué el aserto? Pues bien, en reciente encuesta los panameños descubrimos entre varias lamentables estigmatizaciones que: “cualquier candidato a Presidente de la República, que además de ser panameño por nacimiento y haber cumplido 35 años de edad (Artículo 179 C.N.) profese como religión el Judaísmo, es rechazado por el 60.4% de la población”.

Desconozco los argumentos para tamaña consideración, pero se me ocurre achacársela al Daltonismo. Llamado así en honor del inglés John Dalton; es un defecto genético hereditario que consiste en la imposibilidad de distinguir algunos colores, siendo muy frecuente que se confundan el verde y el rojo. Para confirmar la teoría basta con ver la reacción de los conductores panameños ante cada semáforo. Es impresionante constatar como lo rojo se transforma en verde; como lo verde se convierte en rojo, y del amarillo ni hablar.

Al igual que otras culturas, religiones o filosofías de vida (chinos, negros, árabes, hindúes, indígenas, católicos, protestantes, cristianos, budistas, ortodoxos) el judaísmo está compuesto por valores; en donde la religión y la tradición se complementan con cantos, la vida en comunidad, el idioma y en fin todo aquello que refuerce su condición de colectividad; que como tal participa de una organización social, económica, política y cultural más amplia que tiene como nombre República de Panamá.

Cada cinco años (¡Canta Rubén!) majaderamente volvemos sobre la frase “Y que gobiernen los mejores”. Empero nuestro daltonismo nos lleva por derroteros envueltos por mantos de ceguera al dejarnos aconsejar por erradas percepciones. Desafortunadamente existen ciudadanos que se alejan del ideal de excelencia y se conforman con la mera mediocridad; que apartan a los mejores para aplaudir a los peores; que prefieren el camino del menor esfuerzo y que sustituyen la calidad por cualquier cosa.

Para muchas personas la democracia comienza a ser equivalente a mediocridad, el acceso al poder de los menos aptos, de los incapaces o el gobierno de los menos malos. Si en vez de religión u origen tuviéramos en cuenta valores como la virtud, la dignidad y el mérito de las personas a la hora de elegir, entonces obtendríamos dirigentes meritorios y capaces. Está en nosotros el elegir líderes que coadyuven alcanzar los objetivos de país; y no conformarnos por mantener la fantasía de lo que podríamos ser, pero que irremediablemente no somos.

Y es la mediocridad la que nos mantiene enterrados. En lo personal prefiero ser parte de una minoría con valores y capacidad de liderazgo, que pertenecer a una mayoría con estereotipos y perfiles raciales.

“El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir” (Einstein – Judío).