Kentucky Women
La imaginación creativa de Mark Twain no solamente engendra a "Tom Sawyer" jugando con Huckleberry Finn en la desembocadura del río Misisipi a finales del siglo XIX, sino que también crea una disparidad en el tiempo a través de su relato Un Yankee de Connecticut en la Corte del Rey Arturo, en el que el personaje principal, Hank Morgan, se remonta hacia atrás y se encuentra repentinamente 1,300 años antes, entre caballeros en Inglaterra. Un fenómeno a la inversa, pero no en el tiempo, sino en la geografía suscita esta semana mi prima Lupita Vergara Ellis, quien se traslada desde Owensboro, en Kentucky, fosforescente estrella de la nación americana, reconocida por su pollo frito, briosos pura sangres, acaramelados bourbons y mujeres hermosas, acompañada de un Harem conformado por Marcia Carpenter, Peggy Gardner e Isabelle Wethington, en su primer viaje al Istmo. Habiendo intimado con ambas latitudes, me arrebata servir como tapete y faro en estos ejercicios que nutren el alma y producen los sabores, visiones, sonidos y sapiencias que nos vigorizan al viajar y conocer los recónditos recovecos y que nos cambian, transformando el pensamiento al descubrir los distintivos de cada tribu, atiborrando el rompecabezas del "Homo sapiens".
Setenta y dos horas en Panamá se titula nuestro periplo, en el que rascamos los femíneos cerebros acostumbrados a provinciana existencia a orilla del río Ohio, repentinamente transportada al claxon de diablos rojos dentro de la marejada del tranque capitalino, radicalmente cambiando la percepción preexistente del visitante que la villa que está a un tris de celebrar su quinto centenario es de alguna forma sinónimo de pueblito de tercer mundo, aldeana urbe repleta de casitas con techos de pencas, mofletudas hamacas y gallinitas pescuezipeladas deambulando por doquier. Al recogerles en su hotel en el mero centro financiero, percibo el brillo en sus claros ojos y sus cálidas sonrisas que reflejan los rostros de infantas de escuela prestas a su primera excursión. ¡Están emocionadas cual niña con muñeca nueva! Camino a Panamá Viejo, donde ojeamos sus ruinas porque lastimosamente no hemos sabido aprovechar el sitio, reconstruyéndole como irresistible magneto al turismo, lo primero que les sorprende en Costa del Este es que la mayoría de las torres allí, como en el resto de la ciudad, constan de apartamentos. "Al panameño le gusta vivir en las alturas, más cerca de Dios", subrayo. "No escudriñen las torres, observen las grúas", añado, recalcando la continuidad de la obra.
Ya sobre la Cinta Costera III camino a Amador y el BioMuseo anoto el crescendo de su vivencia al descubrir el Casco Antiguo, la ciudadela que tanto contrasta con la mole moderna, que obliga a la prensa italiana a describir nuestra metrópolis como "fusión tropical de Manhattan y Venecia", culminando nuestro primer día en un supermercado, porque cuando se visita un país diferente, allí se entera uno lo que hay y lo que no hay, paladeando, muy sorprendidas, por vez primera en sus vidas, un barquillo de helado de cerveza, distintivo de Riba Smith Bella Vista. Proseguimos nuestro quijotear en tierras altas, surcando provincias sobre nubes, donde guapas aeromozas brindan vino y espíritus sin costo, ejercicio inexistente en el norte. Por la brevedad del vuelo, nos obsequian bolsitas de palomitas de maíz de Pensilvania. ¡Cáspita Copa! Para la próxima ofrezcan una barrita de chocolate orgánico istmeño para recabar la excelencia de su servicio con broche de oro. En David, lo primero, una visita a Dulces Córdoba y sus huevitos de leche. Farmacias Arrocha, su mejor sucursal, 3 pisos con escaleras eléctricas. ¡Forget Walgreens!
El mimo del apetitoso menú y de la placentera chef Patricia Miranda Allen en el restaurante Cerro Brujo Gourmet de Volcán nos refresca que el amor entra por la boca. Las colinas adornadas por sabanas de lechugas y hortalizas orgánicas en Cerro Punta acentúan en el vaivén de los bajareques, la energía de las visitantes.
El epílogo del Valle de la Luna nos traslada a la gira del cafetal en Finca Lérida, algo tan autóctono como los viñedos franceses, adornando la aceituna al Martini con una visita a Valle Escondido donde Travis Taliaferro nos engatusa, no con la recóndita belleza de la cañada, su airosa arquitectura atravesada por un refrescante riachuelo y un verdor de tan diversas tonalidades que invita a colorear el alma, sino por la pesca de tilapias y la insigne venta de un estilo de vida, diferente, único, que distingue al sitio sobre todo lo demás en Panamá. La diferencia entre niños y adultos es el precio de sus juguetes, y mis infantas de Kentucky parecen haber topado el suyo.
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