La actual crisis de las vocaciones
La educación es eficaz cuando respeta la vocación de los estudiantes, no violentando sus temperamentos ni menos sus inclinaciones. Desde la educación elemental hasta la Universidad, cada individuo debe aplicar su inteligencia a sus aptitudes.
Nada hay más estéril que el estudio forzado de lo que no se comprende, nada más triste que privarse de aprender lo que se desea. Asistimos decepcionados al espectáculo de ver cómo la mayoría de nuestros jóvenes se siente enteramente desorientada y despreocupada, no concediendo al magno problema de descubrir su vocación la menor importancia.
Actualmente, el Meduca carece de un buen servicio de “orientación profesional”, un importante departamento educativo que en el pasado funcionó exitosamente.
Hoy día, lamentablemente, lo que priva en la motivación profesional del joven en las grandes ciudades no es la satisfacción que se puede obtener en el trabajo, ni siquiera el servicio que con él sea factible prestar a la sociedad, sino, apenas, el logro económico y el prestigio social que su rendimiento proporcione.
De cualquier manera se desea ser rico y poderoso, tener éxito y llevar cuanto antes una vida fácil, de placeres y diversiones.
Por esto, inclusive los considerados como jóvenes serios, aplicados, honestos y conscientes (los llamados buenos estudiantes), aspiran mucho más a alcanzar muy pronto determinadas posiciones que a utilizar sus conocimientos y habilidades en beneficio de sus semejantes.
Así los vemos terminar sus respectivas formaciones y permanecer incrustados en los grandes centros urbanos, procurando adscribirse cómodamente a cualquier centro que les permita cuanto antes “proyectarse” en el escenario de la lucha profesional y triunfar en la llamada “feria de vanidades”.
De poco les sirven las angustiosas llamadas que a diario emergen de los recónditos y olvidados lugarejos del interior del país, en demanda de sus auxilios técnicos: ni los profesores quieren ir a enseñar, ni los médicos a medicar, ni los ingenieros a fabricar, ni los arquitectos a construir, si no se les garantiza un buen salario. Y, no obstante, si los profesores tuviesen vocación magisterial sabrían que allí encontrarían la mejor posibilidad de “enseñar a quien no sabe”; si los médicos tuviesen vocación sanitaria, también estarían convencidos de que es en la zona rural donde más vidas podrían ser salvadas y más necesarios son sus servicios; si los ingenieros tuviesen auténtica vocación fabril procurarían ir a trabajar en donde más falta hace la industrialización y si los arquitectos lo fuesen de veras, también irían en peregrinación para no dejar a sus semejantes expuestos a la intemperie, el frío y las infestaciones, construyéndoles viviendas económicas pero seguras.
La razón de esta falta de generosidad e idealismo hay que buscarla en la actual estructura social del mundo llamado libre. Éste propugna una educación en la que los valores intelectuales privan sobre los morales y parece ignorar que el ser humano no vale por su saber o por su ingenio sino por lo que hace con ellos. La “formación” no corre parejas con la “información” ni la conciencia corre parejas con la ciencia; el resultado es que tenemos generaciones de profesionales más o menos “vivos”, pero no de profesionales “fieles”.
¿De qué manera se podría crear en la juventud una nueva actitud vocacional, por la cual no pretendiese ejercer la profesión como simple medio de obtener lucros y se dedicase a ella con fe, entusiasmo, desprendimiento y eficiencia, independientemente del lugar, del tipo de cliente o de la retribución monetaria que pudiese avizorar? Podría ser: crear, desde el principio del aprendizaje vital, el convencimiento de que existe el deber de solidaridad humana; la obligación imperativa de repartir nuestros bienes morales, intelectuales y materiales cuando ellos se encuentran por encima del nivel medio de nuestras necesidades y también se hallan en exceso respecto a los de la mayoría de nuestros semejantes.
