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La amarga cosecha


Entender la naturaleza de la sesgada distribución de los ingresos que caracteriza nuestra economía no solo obliga a llamar la atención sobre la magnitud del problema y sus efectos generales sobre el crecimiento.

Por el contrario, habiéndose cumplido con ese objetivo parcial, resulta ineludible precisar las vías por las cuales esta es capaz de frenar el proceso del desarrollo.

La presencia de una población desnutrida y vulnerable frente a las enfermedades tiene, como lo destaca Debraj Ray, necesariamente que expresarse en una fuerza de trabajo con su capacidad y productividad disminuida. El hecho de que la inadecuada distribución del ingreso de Panamá deba considerarse como la principal causa de que el 15% de nuestra población se encuentre en condiciones de desnutrición muestra, fehacientemente, un primer efecto negativo del carácter concentrador y excluyente del sistema sobre el desarrollo nacional.

Este problema y sus efectos negativos sobre nuestro potencial económico se ve agravado si se tiene en cuenta que, en condiciones de un ambiente laboral crecientemente sostenido en la calificación de la fuerza de trabajo, cerca del 30% de los jóvenes en edad de hacerlo no están participando, primordialmente por razones económicas, en el segundo nivel del proceso educativo. Se trata como en el caso del efecto anterior de fenómenos que tienden a reproducir la pobreza en las nuevas generaciones, dando lugar al fenómeno que Gunnar Myrdal llamó el círculo vicioso de la pobreza.

En este sentido es conveniente recordar que el 50.0% de los niños y niñas panameños de menos de cinco años se encuentran en condiciones de pobreza.

A los factores anteriores se deben agregar otros, cuya importancia ha sido destacada por Joseph Stiglitz.

Este autor argumenta convincentemente que la alta concentración del ingreso produce una notable falta de solidaridad social entre los más ricos, en la medida que entienden que no necesitan del Estado para atender sus necesidades básicas, tales como la salud y la educación, llevándolos a bloquear cualquier medida de tributación progresiva que permitiría financiar el desarrollo de la infraestructura social y la formación de los recursos humanos. Más aún, la alta concentración del ingreso le permite a dichos sectores la dominación política del Estado y a partir de esta asegurar la continuidad del modelo concertador y excluyente. La falta de solidaridad de la clase dorada dominante se puede cuantificar si se tiene en cuenta que con solo redistribuir el 0.8% del PIB se podría eliminar del país la pobreza extrema, mientras que con la redistribución del 3.6% del mismo sería factible erradicar todo tipo de pobreza, posibilidades cuya factibilidad se hace patente teniendo en cuenta que durante los últimos seis años la economía ha venido creciendo a una tasa promedio anual que supera al 7.0%

Lo que no terminan de comprender los sectores dominantes locales es que, tal como lo ha planteado Stiglitz, la extrema desigualdad, como la que hoy se vive en nuestro país, termina por polarizar la sociedad generando profundos conflictos sociales, tal como lo demuestra la actual situación del medio oriente. Amarga cosecha para quienes carecieron del sentido de la solidaridad.