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La Asamblea Nacional y la democracia

Por: Redacción 23/12/2013

Paulino Romero C.* (opinion@epasa.com) / Pedagogo, escritor, diplomático

En verdad, estamos viviendo en Panamá, como en otros países de nuestro continente, un momento decisivo para la confianza de los pueblos en la libertad, la democracia y en sus instituciones tutelares de Gobierno. El resultado va a depender de la posibilidad de probar que a través de la democracia bien entendida, mejor que cualquier otro sistema, es posible lograr la “justicia igual para todos” y realizar el desarrollo integral de la nación panameña.

El Órgano Legislativo (Asamblea Nacional de Diputados) no atraviesa el mejor momento en Panamá (ocurre lo mismo en otros países latinoamericanos), pero la fe de nuestros pueblos está hoy más que nunca viva y firme, merced a una nueva concepción democrática, que va más allá de las dádivas y la demagogia politiquera. Es preciso no olvidar, por lo mismo, que en el prestigio del Órgano Legislativo reside en gran parte el prestigio de la democracia.

Estamos en la obligación de salvar y fortalecer este prestigio; de transformarlo en un instrumento persuasivo, como ocurría en el pasado (ejemplo, la Asamblea Nacional 1948-1952), digno de recordárselo a cada ciudadano en el momento de escoger el mejor camino, aquel que conserva y garantiza las libertades esenciales; aquel que permite a los grandes grupos de la sociedad verse representados y escuchados dentro de una concepción pluralista; aquel que establece el respeto entre las opiniones definibles y saca de ellas, con una voluntad superior, el propósito común de servir a los intereses fundamentales de la comunidad nacional.

Cada vez que nos adentramos más en los problemas del desarrollo, y entendemos que este supone una transformación y que esta representa una quiebra de estructuras tradicionales, podemos medir mejor la inquietud, la preocupación y la problemática que el proceso de desarrollo trae consigo porque no es una marcha tranquila, una especie de navegación serena hacia una determinada meta, sino que es dinámico, contradictorio, dentro del cual tienen que confrontarse tesis, decisiones y realizarse cuestionamientos muy intensos de todos los valores tradicionales.

Hay una concepción forjada en los países desarrollados, por filósofos, sociólogos e ideólogos, recogida en nuestros propios territorios por voces, algunas veces quizás de buena fe y otras, sin duda movidas por ambiciones e intereses pequeños de que nuestro nacionalismo y nuestro desarrollo no podemos lograrlo, sino con sacrificio de nuestra libertad. Los trabajadores de Panamá no creen en eso, y estamos seguros de que tampoco los de América Latina y el Caribe, porque la lucha por la libertad y la democracia es la conquista del instrumento indispensable para alcanzar a su vez el desarrollo y la plena liberación nacional.

Si se habla mucho de la reforma del Parlamento panameño, es porque se cree en la necesidad de una verdadera Asamblea Nacional de Diputados representativa. Si se habla de un ejercicio de introspección, es precisamente porque se cree que la oportunidad que el Parlamento panameño ofrece para que los sectores populares estén representados y puedan confrontar sus puntos de vista y mantener el diálogo indispensable para asegurar derechos inmanentes, cuya conquista ha significado mucho esfuerzo y muchos sacrificios para la humanidad.

El prestigio del Órgano Legislativo es indispensable para el prestigio de la democracia panameña; y si queremos que la democracia sobreviva, la democracia con sus elementos fundamentales, con libertad y garantías para la persona humana, con posibilidades para la pluralidad democrática, sentimos que la institución parlamentaria es necesaria, es básica. Por ello, es un deber cívico obligante escoger a los ciudadanos más aptos, honestos e incorruptibles para conformar la próxima Asamblea Nacional de Diputados (2014-2019).

Urge en nuestro Panamá, un Órgano Legislativo que cumpla cabalmente sus funciones conforme lo establece la Constitución Nacional; que sea el fiel guardián y fiscalizador de los bienes del Estado; que mantenga su total independencia de los demás órganos del Estado; que sus integrantes sean ciudadanos y ciudadanas dignos de la confianza del pueblo que los eligió; que sea en fin, un órgano consciente del doble desafío que tiene planteado: el desafío del nacionalismo y el desafío del desarrollo: ambos van envueltos dentro del desafío de la eficacia.

¡Feliz Navidad y Año Nuevo!

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Lunes 10 de agosto de 2026