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La cebolla de la discordia

Por: Redacción 08/08/2016

La cebolla es una de esas cosas en la vida capaz de provocar reacciones encontradas. Por un lado, aporta sabor y nutrientes a las comidas, y por otro nos hace llorar desconsoladamente. Quizás este último sea el efecto más común en Panamá hoy en día. El codiciado bulbo no solo le ha sacado lágrimas a los bolsillos de los consumidores, sino que mantiene enfrentados a los productores de Tierras Altas y a la Autoridad de “Protección al Consumidor y Defensa de la Competencia” (Acodeco). El caso es que esta entidad estatal pretende multar a los productores por haber bajado los precios de este producto como medida de protesta frente a la importación masiva que el gobierno ha venido realizando para enfrentar la escasez del mismo. Una escasez provocada por las políticas de abandono, exclusión y aniquilación de los gobiernos “empresariales” de las 5 últimas décadas que buscan hacer desaparecer al productor nacional y así tener una justificación convincente para la importación.

Lo cierto es que esta importación solo beneficia a los grandes monopolios y a sus fieles aliados, los intermediarios, quienes incrementan sus ganancias inescrupulosa y exponencialmente al adquirir productos subsidiados del extranjero a bajo costo para luego comercializarlos a precios exorbitantes. Para ellos, el 400 y 500% de incremento en los precios de los productos agrícolas desde el productor nacional hasta el consumidor no representa un margen de ganancias suficientemente atractivo para satisfacer su insaciable avaricia. Por ende, son los más aguerridos partidarios de los TLCs, TPCs, y toda una jerga de canibalismo comercial que amañan, enmascaran y promueven con gran astucia retórica, y que le venden al pueblo ignorante como si fuera todo un logro de su gestión gubernamental y no un camino riesgoso hacia la dependencia de otros países y de los vaivenes de su capacidad de suministro.

Según la Acodeco, los rebeldes cebolleros de Tierras Altas están violando la Ley No. 45 de 2007, según la cual está terminantemente prohibido el ponerse de acuerdo para fijar precios, una práctica monopolista inconcebible en una economía “moderna” donde impera la libre oferta y demanda. Si esto es así, ¿por qué en este país existen innumerables productos con una sola representación u homogeneidad de precios en otros tantos? ¿Será que los monopolios y los oligopolios son admisibles solo cuando los golpeados son los productores nacionales y los consumidores?

Desde que se dio la supuesta rebaja arancelaria, se ha venido recrudeciendo la relación de caballos y jinetes que siempre ha imperado en este país y en el resto de los repartimientos y encomiendas que componen la región comprendida entre el Río Bravo y el Cabo de Hornos. Los productores han tenido que resignarse a ver cómo sus márgenes de utilidades se han ido al piso como resultado del encarecimiento de los insumos agrícolas y del abaratamiento de su producción.

El desaliento de nuestros agricultores es tal que Panamá pasó de la posición número 96 que ocupaba en el 2014 a la posición número 145 de 180 países evaluados, según el último índice mundial de desempeño ambiental de 2016, publicado en enero de este año. ¡Y qué decir del sector pecuario, cuya rentabilidad ha caído en un 33% por las mismas causas! Mientras tanto, los precios para los consumidores siguen subiendo sin importar cuánto baje el costo del combustible, comúnmente utilizado como chivo expiatorio para justificar el encarecimiento de todo en este país.

Maquiavélicamente, se nos ha dicho que es una tendencia mundial y que en otras partes es peor. Esto no es cierto. En muchos países de primer mundo con ingreso medio alto, la comida es más barata que aquí. Por citar un ejemplo, en los Estados Unidos de América (EUA), una libra de bananos selectos cuesta 33 centavos en el mercado, mientras que en Panamá una libra de bananos de descarte cuesta 37.5 centavos. Lo paradójico es que, algunas veces, ambos bananos tienen la misma procedencia. Lo mismo sucede con los melones, la sandía y hasta el coco. ¿Será que aquí el primermundismo solo se ve reflejado en el alto costo de la vida y en el número de celulares per cápita? Es más, si hablamos del verdadero primer mundo, Francia, por ejemplo, destina el 42% de su PIB al subsidio de la producción de alimentos; Panamá, solo el 5%.

Hoy es la cebolla; mañana será la papa y así sucesivamente. De hecho, lo que está sucediendo no es un evento aislado. Hace apenas un año los productores de cebolla de Natá perdieron gran parte de su cosecha debido a las malas estrategias de comercialización del Instituto de Mercadeo Agropecuario (IMA). Una suerte similar corrieron los productores de ñame de Ocú hace algún tiempo.

¿Qué más da? Al fin y al cabo, son solo campesinos incapaces de integrarse a la “pujante” dinámica económica de este país de servicios (algunos muy oscuros por cierto). Sin embargo, son estos mismos campesinos los verdaderos garantes de nuestra seguridad alimentaria. Son estos mismos campesinos los que jamás cierran calles para irracionalmente exigirle al Gobierno que les resuelva todos sus problemas. Son estos mismos campesinos el 25% de nuestra población.

Coordinador Centro Especializado en Lenguas, Universidad Tecnológica de Panamá. Centro Regional de Azuero

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