La ciencia y la tecnología como imperativo
Cada año alguna organización internacional (como la Unesco, la ONU, Banco Mundial, etc.) destaca los esfuerzos en materia educativa que se han realizado en países de América Latina, resaltando, como ya es costumbre, el índice de analfabetismo de la población del país como indicador único y fundamental del avance educativo del mismo (en comparación con otra sociedad de la región o del mundo, o desde una simple óptica retrospectiva). No obstante, y a pesar de la gran utilidad del susodicho índice, este solo garantiza una generalización sociodemográfica, que pretende sostener científicamente una gradación que refleje el número de personas que no saben leer y escribir.
Por ende, debemos suponer que en la contemporaneidad de nuestra sociedad panameña (y de otras muchas), este artificio cuantitativo no desvela otros aspectos educativos de relevancia incuestionable, como la calidad de la enseñanza y dominio de las nuevas tecnologías e innovaciones científicas, las cuales son indispensables para el desarrollo y progreso de cualquier sociedad del siglo XXI. De esta manera, si una sociedad como la nuestra refleja bajos índices de analfabetismo en la población, esto no significa que no seamos analfabetos en términos actuales, ya que el desconocimiento de estas tecnologías implica no solo ignorancia y desconocimiento, sino además una carencia de capacidades competitivas en el mercado laboral y académico.
Ahora bien, y a pesar de que Panamá no solo tiene uno de los presupuestos más grandes en materia de educación formal en la región centroamericana, sino que, además, ha creado políticas sociales que inciden en la socialización de las nuevas tecnologías a nivel escolar, como la entrega gratuita de a estudiantes de secundaria de las escuelas públicas, aún queda integrar a grupos sociales histórica y estructuralmente marginados, como los indígenas del interior del país, específicamente comunidades Ngäbe-Buglé y Emberá-Wounaan (entre otras).
Es cierto que el mundo rural ha sido abastecido también, tecnológicamente hablando, por el Estado, con las populares infoplazas, las cuales garantizan el acceso a las herramientas TIC, mas no los conocimientos para potenciar su utilidad más allá del uso básico e inmediato.
La Secretaría Nacional de Ciencia y Tecnología (Senacyt) ha logrado incentivar con becas de investigación a una amplia gama de científicos nacionales e internacionales. No obstante, y a pesar de estos insumos institucionales, debe reconocerse que la mayoría de estos subsidios van dirigidos a las ciencias naturales y médicas, y casi nada al desarrollo y promoción de los estudios socioculturales orientados por los profesionales de las ciencias sociales, lo cual no solo es una lástima, sino una carencia que va en detrimento de la sociedad, ya que no se constituye una plataforma formal e institucional que permita el auge de investigaciones en los campos de la psicología, la antropología, la sociología, la economía y las ciencias políticas, etc.
Además, ha sido muy poco el esfuerzo realizado por la Senacyt, entre otras instituciones involucradas (directa o indirectamente), como es el caso del Ministerio de Educación y la Universidad Tecnológica, en cuanto a promover una socialización científica y tecnológica en todas las esferas sociales, como la familia, la escuela, los medios de comunicación, el trabajo, etc.
Esta falencia, característica de nuestra realidad nacional, encuentra a su vez eco y resonancia en la enseñanza universitaria (en todas partes del país), en la que muchos programas y carreras, especialmente en las ciencias sociales y administrativas, aún funcionan sin la debida enseñanza de las nuevas tecnologías; por ende, no es aventurado decir que aspectos de disciplinas científicas o humanísticas, como el manejo de para la elaboración de bases de datos para la investigación social y recursos analíticos en economía, contabilidad y administración no solo son desconocidos para muchos estudiantes a nivel superior, sino que esto implica un lamentable analfabetismo tecnológico para estos futuros profesionales y un posible impedimento para alcanzar posiciones laborales.
Así, debe resquebrajarse la idea de que las ciencias y las tecnologías solo son necesarias en profesiones como la informática, algunas ciencias naturales, la arquitectura y la ingeniería, o, por otra parte, que solo los ciudadanos de áreas urbanas poseen una genuina necesidad de estos conocimientos y herramientas. Es imperativo que la sociedad panameña constituya una nueva racionalidad educativa y socializada, basada en la enseñanza integral de la ciencia y la tecnología en todos los campos de la vida cotidiana, laboral y académica, con miras a generar una población con un alto capital cultural.