La conquista del mestizaje
Vino el español a conquistar. Arribó a este continente con sus perros furiosos en jauría y su armadura reluciente como espejo; blandiendo espadas muy filosas para atravesar el corazón de los “infieles” de ese entonces. Pero nuestro continente pudo más. De los mastines se adueñó ya la generosa tierra, haciéndose señora silenciosa de toda esa agresión canina. El destino de armaduras y de sables, el mismo y nada más ha sido. El óxido nativo melló los filos y el sagrado manto de la corrosión ha dado sepultura deshonrosa a la pechera de metal. Por cientos, los conquistadores atraparon en su pecho el último suspiro de una vida que aquí quedó por siempre conquistada. El aire de nuestra selva exuberante fue también, de muchos de ellos, el último aliento respirado.
¿Quién conquista a quién? Aquí la sangre se hizo una; y lo antagónico queda asimilado entre las venas del nativo y del conquistador que queda conquistado. Porque el mestizaje vino a cobrar en él el sueño del aventurero; se apoderó de su pasión y la tierra lo hizo suyo en cuerpo, en alma y hasta en su descendencia. Aquí, antes que cualquier revolución bolivariana, hizo la genética lo suyo en forma natural. La biología del ser humano no ha sido nunca conquistada, porque es ella la que se arrastra silenciosa y vence siempre sobre pretensiones pasajeras. Se disfraza de pasión, navega libre en la lujuria; vence con su mejor aliado, que es el tiempo. Así, nuestro mestizaje mismo es la conquista de todo el continente sobre el ser humano, sin importar su origen. Las selvas, las campiñas, los mares y montañas, fueron todos escenarios de una guerra que se libró en la mezcla y la fusión de las culturas; en la célula que no sabe de las razas y colores, en las fuerzas mismas de la humanidad, contra la cual el individuo se debe subyugar. Somos ese pueblo ya compuesto por la “raza cósmica” que soñara Vasconcelos, aún cuando no sabemos que es así.
Dejemos de admirarnos ya de la espada regia y reluciente, hija de Toledo y empuñada por el fiero que conquista. Olvidemos ya la lanza misteriosa y el ritual del dardo envenenado del nativo luchador. Porque sobre ellas ha vencido ya la clara voz del tiempo. A los dos ha dado entierro el mestizaje que conquista y que en su vientre americano ha dado parto a lo que somos. Hijos del destino de generaciones de quienes pretendieron conquistar y que fueron conquistados. Somos, pues, la raza americana, llenos de la magia y del rito originario; llenos del espíritu tenaz del madrileño. Somos uno y somos lo que somos.
Abogado